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Las situaciones muy adversas como esta en la que vivimos imponen también cambios muy profundos en el comportamiento de la gente corriente a las que este tipo de escenarios afecta probablemente más que a ninguna otra. No es sencillo calibrar dónde acaba la gente corriente y comienzan los demás, pero, en definitiva y considerando que gente corriente somos a estas alturas casi todos y que a casi todos nos han dado duro, y lo que nos queda, es lícito suponer que somos muchos los que pechamos con esta crisis terrible cuya magnitud no acertó a calibrar nadie en un país de pánfilos y autocomplacientes a los que les pareció que estábamos para jugar ligas mayores sin percatarse, o sin querer hacerlo que es diferente, de que para lo que estábamos era para ir tirando y no muy buenamente.
En estos casos se aplica desde las altas esferas un abanico de medidas correctoras de indudable y primera necesidad que tienen como primer objetivo paliar los efectos del desastre y como destino final evitar que se despeñe la calidad de vida de todos los hijos de buen vecino, los cuales acaban por preguntarse si los que mandan son capaces en momentos atroces de aplicar factores de ahorro que no se lleven por delante y por completo el sistema de vida, que cuando cambia es para dar un disgusto.
Por poner dos ejemplos clarividentes, Griñán, que se supone que es de izquierdas, no ha tenido más remedio que pasar por el aro, y el catalán Mas, que se supone que es de derechas, también ha claudicado sucumbiendo aferrado, eso sí, al falso discurso del pacto fiscal. A nosotros se nos está muriendo entre los brazos la sociedad del bienestar y alguien ha tenido la culpa. La cosa es ponerse de acuerdo y estar claro a la hora de exigir tales y universales responsabilidades.

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