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ALBACETE - ALICANTE - MURCIA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

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Membrillos hay en todas partes. Sobre todo, en la política. Membrillas, en cambio, sólo pueden encontrarse en Murcia. Sobre todo, en las orillas de los azarbes. Y en la política, también.
Pero no es de los membrillos ni de las membrillas en plan metafórico de lo que va este desahogo tardoveraniego, sino de esa peculiaridad murciana que es la membrilla murciana. Una maravilla de la naturaleza en proceso de extinción.
Como murcianismo figura en el 'Diccionario de Autoridades' (1734), sugiriendo una doble lectura a los imaginativos: «La membrilla es el membrillo tierno con pezón». Lo cual que si a 'un bachiller en playas' que no esté en el secreto del arcano se le pregunta en plan acertijo qué es 'un membrillo tierno con pezón' responde cualquier cosa menos que 'una membrilla'.
Añaden los diccionaristas que membrilla «es voz usada en el Reino de Murcia». Y hasta se permiten el lujo, tan doctos ellos, de traducirla al latín: 'Cotoneum tenerum'. Honor que, en tiempos recientes, ni siquiera ha merecido aquí nuestro muy honorable sobreacequiero mayor Valcárcel.
Salvador Jacinto Polo de Medina (1603-1676), que con tan florido nombre no le quedó más remedio al hombre que dar en poeta, nos legó un deleitoso pareado que anticipa la antigüedad de la membrilla al siglo XVII:
Membrillas calientes del horno.
Espolvoreadas de azúcar.
Golosa estampa ahitada por Alberto Sevilla, tras definirla como «variedad de membrillo achatado, de piel blanca, con tinte amarillo, cubierto de pelusa, que desaparece al rozarla con la mano; pedúnculo grueso y muy adherente; pulpa jugosa, fina y dulce». Más la filípica de Fr. Pedro Morote: «Las membrillas son muy suaves para el gusto. No se pueden guardar, porque con poco golpe se corrompen luego». Y el pasaje doméstico de Lope Gisbert, en su novelica 'Luz': «Tráete la mejor membrilla que encuentres», dijo la tía Rosa a su yerno. «Y le trajo a su hija», valga la coda con coña. Quede, pues claro, que del tiempo de la nana viene la murciana ciencia membrillera. A lo cual cumple añadir que para los de mi generación (nacionalcatolicista por 'cohones') había dos tipos de membrillas, igualmente deleitosas: las frutales, que nos feriaban en el Parque de Ruiz Hidalgo y nos comíamos a bocados; y las flotantes, que nos inspiraban versos irreproducibles al contemplar (a hurtadillas) en las rubias acequias el remojón en viso de nuestras vecinas.
El abuelo ponía el tablacho en el 'partior' para que la acequia demorara su curso y subiera como la masa de pan tocada con la creciente. Y, tras limpiarla de impurezas, la sembraba a voleo con frutos estacionales. Era el momento del inolvidable baño edénico en aquella especie de acuarela sonreída de juncias, ciruelos, membrilleras y mil y un árboles frutales. Primero, los niños para que no vieran lo que no se debe ver: las púberes en braguitas escoltadas por sus madres en camisón. Preludio todo ello de la gloria divina del chapuzón general.
Participar en aquellas albercas era paraíso. Y mordisquear, entre chapuzones, las membrillas sembradas en las acequias nuestro inocente modo de iniciarnos al misterio de la vida. A veces, Venus-Myrtia (a la que Murcia acaso deba el nombre) desplegaba sus gracias y poderes para que en el baño acequiero las membrillas accesibles se mezclaran con las acuciosas.
Pese al mucho tiempo transcurrido, a los agraciados por el venturoso azar en la rueda de la fortuna aquella no se nos va de la melondra la petera de que el dulce sabor de la membrilla fresca no lo supera la asada.

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