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Un aire melancólico flotaba en el ambiente del Ateneo madrileño, pleno 'Barrio de las Letras', un viernes por la tarde. Ediciones de la Torre cumplía su 35 aniversario y para celebrarlo, su factótum, José María Gutiérrez de la Torre, había reunido un ramillete de buenos amigos en torno a un asunto común e incandescente: el porvenir del libro. La gran familia de la industria y la producción de ese objeto raro estaba representada por editor, librero, distribuidor, bibliotecario, impresor, ilustrador, pedagogo, agente literario, autor…
A pocos metros de allí, en la ciudad asamblearia de Sol, manos armadas con martillos y clavos construían una estantería para albergar libros usados; habían reparado en que dentro de aquel orden libertario y esmerado faltaba algo: la biblioteca. Los habitantes de esa ciudad inesperada habían sido convocados a través del ordenador, y terminaron echando de menos el libro en su aspecto tradicional. De eso trataba la melancolía omnipresente e inspiradora de la charla amistosa en el vecino Ateneo. De cómo aguantar los embates del 'videolibro', objeto que, por otra parte, tampoco vive un presente muy glorioso, pero que se presiente como la amenaza más flagrante del libro de papel (existen otras no menos hirientes: la pereza, la ignorancia, el desprecio o la indiferencia de los medios de comunicación por el hecho literario en sí y en general por la cultura, la crisis económica, por supuesto, también…)
La lucidez de los participantes les impidió caer en sectarismos siempre innecesarios. Había que reconocer el presente y abrazar -¡qué remedio!- las ventajas de las nuevas tecnologías. Y se convino en que el primer remedio para el enfermo nada imaginario y sí terminal debería consistir en suministrarle un gota a gota de buenas letras y buen papel, hacer de él un objeto artístico imprescindible que seduzca también por su tacto, por su olor…
La videncia ultrasensorial del gutenbergiano Borges nos recordó la ocurrencia de Victor Hugo, cuando escribió que «toda biblioteca es un acto de fe». A una manzana de aquella melancolía vespertina vivió sus últimos días Cervantes, quien en las páginas iniciales de su Quijote nos dejó la confidencia de que solía recoger y leer cualquier pedazo de papel impreso que se encontraba en la calle.

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