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No sé lo que votó Oriol Pujol, hijo de Jordi (yo le quito el don a ese personaje, no se lo merece) y de Marta Ferrusola, el día en que se prohibieron las corridas de toros en la comunidad autónoma catalana. Pese a los acomplejados socialistas y populares han soltado millones de euros a Cataluña, sus dirigentes siguen despreciando al resto del Estado español. En CIU esperan ganar el terreno perdido con las próximas elecciones autonómicas de noviembre de 2010.
Siempre se puede despreciar desde la distancia, aunque si es tan valiente el hijo de Pujol, puede venir el día del Bando de la Huerta y dar un paseo por la capital de la capital de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia. Aquí no será despreciado por su idioma. Un día expliqué en clase que la Alemania de la primera postguerra mundial utilizó a judíos para su reconstrucción; luego, años después, fueron asesinados más de seis millones. En Cataluña, durante años, se está persiguiendo simplemente por hablar distinto.
Una cosa es que un andaluz de Sabadell pague sus impuestos y otra muy distinta es que no hablé catalán. Siempre se cumple el axioma pueblerino de neuronas pequeñas, infierno grande. Esas palabras pujolianas de que Montilla «quiere convertir a Cataluña en una gran Murcia» definen la catadura moral y política del hijo de Jordi Pujol.
Simplemente es la voz del hijo de un político (otro más), de esa pésima mal llamada transición que lo único que hizo fue hacer daño a un país herido de muerte. Ah, por cierto, un día que desayune vinagre hablaré de los niños muertos en los 'castellets', de esos cuellos rotos al caer, pero hoy no tengo estómago. Y punto.

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