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CON TACONES Y A LA CALLE

«Y se asoma mi sonrisa juguetona cuando tú haces piruetas para estar a mi lado. Si me provocas yo te provoco, y mis palabras saltan directas de mi corazón al tuyo»

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Abro la ventana, dejo que la última brisa fría del invierno se cuele para que me hiele los sentidos y así, envuelta en un chal, respiro muy fuerte. Ya huele a primavera, mis pies descalzos aún tiemblan y tengo la punta de la nariz colorada. Prometo que, en una larga temporada, no voy a volver a soñar con un paseo romántico bajo la lluvia, ya estoy harta de que se me rice el pelo con tanta humedad, no pienso mirar a través de los cristales para buscar algún copo de nieve perdido; y es que con tanta ropa no me entero cuando me abrazas, y voy tan incómoda que parezco un robot cuando me muevo.
A partir de hoy voy a retar a cualquier borrasca que se empeñe en boicotear mis colores favoritos. Estoy deseando volver al azul turquesa. Nada de marrones o grises, no vaya a ser que un anticiclón se despiste y se dé la vuelta.
El frío del invierno no me ha hecho perder el calor palpitante. Ya me he encargado yo de esconder todos estos meses, bajo mi manta, un jardín lleno de flores de la pasión. Sé que mi corazón aún está ahí, vivito y coleando, porque me da un vuelco cada vez que te encuentro. Es que yo no hiberno, me encanta tener la sangre alterada todo el año. ¿Por qué voy a esperar a mayo para enamorarme?
Y se asoma mi sonrisa juguetona cuando tú haces piruetas para estar a mi lado. Si me provocas yo te provoco, y mis palabras saltan directas de mi corazón al tuyo. Sí, ya sé que este año el aire viene cargadito de alergias, pero mira, a mí el polen no me hace moquear ¡que ya lloriqueo por otros asuntillos! Ni paseando entre los olivos se me escapa un estornudo, que yo ésos los suelto ante las mentiras. Ni las margaritas me producen picores, que a éstas las tengo más que controladas, siempre que quito uno a uno sus pétalos acaban por decirme: «Sí, me quiere». Vale&hellip hago trampa, pero ¿a quién le importa?
Empiezo la temporada acomodándome en una terracita: gafas de sol, camiseta super-escotada y largos pendientes. La plaza está llena de encuentros y reencuentros, cañas y aperitivos corren de mano en mano. ¡Me encanta! Y conmigo, mi amiga, tan alocada y florida como la primavera. ¡Esto es vida!
-Tranquila mujer, se te pasará. Ya se sabe «La primavera, la sangre altera»- le digo al notarla más sofocada de lo normal.
-Pero si es que yo llevo el cuerpo golfillo de primavera todo el año&hellip Y ahora ¿qué voy a hacer? Necesito algún remedio para que se me pase esta zozobra, que me estoy poniendo más malita&hellip- responde angustiada mientras se le van los ojos tras un maromo de calendario.
-Yo no haría nada en especial. Verás, unos días saldrás muy abrigada y pasarás calor, otros en cambio no acertarás, y entonces te quedarás helada. ¡Así son las cosas!
- Es que cada vez que me he dejado llevar por la melancolía primaveral, con lo de «Volverán las oscuras golondrinas...» ¡me he dado cada tortazo! Este año me niego a repetirlo. Pero te juro, que por más que lo intento, el rebujito primaveral me está empezando a subir como la espuma- me dice con aspavientos de quinceañera.
-En serio, nos hemos vuelto antinaturales- le suelto para que se calle un rato. -¡Qué gusto cuando sólo mandaba el instinto! El macho corteja a la hembra, todas sus plumas extendidas. Ella se hace la despistada como si el asunto fuera con otra, ya me entiendes. Y él se excita aún más, y empieza a revolotear a su lado, vigila que no se acerque otro macho y le pise la pieza. Ella coqueta y atrevida se pone junto a él. Cerca, tan cerca que con tanto zureo se relaja y... ¡zas! ¡Ave que vuela, a la cazuela!
-¿Será que los machos ya no son tan machos? El largo invierno les ha dejado algo flojos. A ellos, en primavera la... se les altera, ¿lo pillas? En cambio, a nosotras se nos revoluciona el corazón, nos ponemos más romanticonas... Entonces nos ven como unas mantis religiosas, ¡un peligro total! Creen que los liamos y enamoramos, para luego comérnoslos- me replica dando el tema de los no-machos por aclarado.
-Será eso, ja, ja, ja... ¡Por si nos los jalamos después de la cena!- Le digo entre risas
Al pasar miro los jardines, y me dan la razón. El sol ha comenzado a coquetear con las flores y el aroma del azahar de la huerta ronronea como un gato en celo. Mis caderas cimbrean marcando el ritmo del calor caribeño. Sí, ya se siente, no hay hormonas que se resistan a la calidez de la chimeneas, por fin, apagadas.

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