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El problema de la ministra de Igualdad no es que supuestamente sea el blanco preferido del machismo que se atribuye, sin más, a todo varón español si es heterosexual y de derechas. Algún patoso ha habido que, por no callar, ha dado la medida de su memez. Tampoco Bibiana Aído destacó por su prudencia, sobre todo en el comienzo de su mandato. No, el viaje penitencial de la ministra tiene mucho más que ver con la confusión conceptual de un ministerio ideológico y sin competencias que le obliga a una permanente sobreexposición.
La discriminación positiva puede ser el resultado de un encomiable impulso moral pero no constituye, por definición, un ejercicio de igualdad. Menos, en el Código Penal. ¿Y qué demonios tiene que ver el aborto con la igualdad? La desigualdad que combate el Gobierno con ese ministerio es exclusivamente la de la mujeres respecto de los hombres. En países con gobiernos menos pretenciosos, un ministerio de esa naturaleza se llama de la Mujer, y todos saben de lo que se trata. Tirando por elevación, lo que ha conseguido Zapatero es introducir una confusión original sobre el propio ministerio y un empobrecimiento de la definición del derecho constitucional a la igualdad.
No sé si la ministra se ocupará también de este asunto, pero su gobierno prepara un nuevo ejercicio de discriminación positiva en favor de las mujeres, esta vez en el gobierno corporativo de las compañías, «último reducto del chovinismo machista». Las experiencias pioneras en algunos países escandinavos no son muy satisfactorias y un estudio de dos expertos británicos concluye que, en general, la incorporación de mujeres ha disminuido el nivel de los consejos de administración. No porque sean mujeres, sino porque carecen de la experiencia necesaria. Así que la mejor manera de aumentar el número de mujeres en los gobiernos corporativos no son las cuotas sino garantizarles esa mayor experiencia. Un argumento machista, sin duda.

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