Con respecto a la votación que se va a efectuar en el Parlamento de Cataluña sobre la posible prohibición de los toros, la cámara ha obrado correctamente atendiendo una iniciativa popular, así lo manda la carta magna. En eso hay poco, más bien nada que discutir. Pero ha llegado el momento de liquidar el asunto y dejar constancia de que esa institución tiene otras prioridades que, como su nombre indica, urgen, y urgen mucho, porque hay una gran cantidad de problemas que necesitan respuesta inmediata.
Lo honesto por parte de los «promotores de la iniciativa señalada hubiese sido obrar de modo paralelo, digamos en los Parlamentos de Extremadura y Andalucía. Deberían saber los «promotores» de esta iniciativa, que puestos a defender la vida del toro de lidia, la fórmula adecuada era dirigirse a determinadas comunidades en las que más toros de lidia mueren al año. Pero no son tan ignorantes como para desconocer que en esas comunidades es donde más toros de lidia nacen. Y en esta orientación se dirigirá nuestro escrito.
El punto de salida, la premisa de la que los «promotores» y cualquiera que esté en contra de la fiesta de toros parten es admisible, razonable e incluso justo. Pero nos han enseñado que cualquier razonamiento contiene un juicio 'a priori' y otro 'a posteriori', es decir el mero conocimiento y la experiencia, hasta desembocar en el denominado conocimiento empírico. No es necesario ser un experto en epistemología para saber esto. Afirmaba Brentano que las leyes o verdades universales y necesarias no deben quedarse en meras tautologías vacías, como son todos los conocimientos analíticos 'a priori' en los que el concepto predicado no añade nada nuevo al concepto sujeto y adolecen del defecto de no ampliar nuestro conocimiento.
Los toreros no estamos esperando que salga un enemigo al que hay que destruir a toda costa, todo lo contrario, nuestro objetivo es construir algo que se acerque a la transcendencia, y construirlo con el toro. Lo que buscamos es un instante de perfección con un capote y una muleta, y para eso nos atenemos a una sistemática, a unas reglas. Nadie va a los toros en razón a que allí se derrama sangre, se maltrata y muere un hombre o un animal. El aficionado a los toros es un ser que cree encontrar en esa manifestación momentos de magia y son esos momentos los que aplaude y premia, igual que sanciona una mala praxis. Los toreros ante todo deseamos inspirar a poetas, escultores y pintores. Los toreros y las otras gentes de esta profesión no vivimos del toro, sino para el toro.
El toro de lidia en un ser contingente, como todos, puede existir o no existir, y hoy en día su existencia va ligada a su lidia, a la fiesta de toros, y por eso cada año nacen, sin interrupción voluntaria de los embarazos, 40.000 animales de esta especie, según los datos de una de las cinco asociaciones de criadores de animales de esta especie, o sea multipliquen por cinco esta cifra y conocerán aproximadamente los animales que nacen anualmente. Cuando piensen en este espectáculo háganlo dirigiendo su mirada a la vida y no en la muerte, porque la causa de que vivan esos seres es que otros mueren en una plaza de toros, y si se suprime el espectáculo, esos seres pasarán de existir, a la simple inexistencia, serán un «no ser» un «no existir». Esto independientemente de que los que mueren en una plaza de toros, viven y existen en unas condiciones que ningún otro integrante del género animal, incluido el hombre, puede ni siquiera imaginar. Porque de eso nos cuidamos nosotros, de que tengan la oportunidad de nacer, de ser de existir. Los hombres del toro vivimos en continuo contacto con el toro y su hábitat. Incluso el animal de lidia es el único ser, aparte del hombre, que tiene su nombre propio y diferenciado desde el nacimiento, todos y cada uno de los que nacen, sin distinción de sexo, etnia o color de pelo. Y no se debe ignorar que los que se encargan del cuidado de estos seres, los conocen y se refieren a ellos por su nombre, los asisten en sus partos y llaman al veterinario cuando enferman, así lo hacen día a día, año a año. Y estos datos de nacimientos se refieren, como antes se ha indicado, a una sola de las cinco asociaciones de ganaderos de lidia (concretamente la UCTL inscribió en 2008 la cifra de 39.211 nacimientos).
No sé si conocen la teoría de los valores. Les recordaremos que conceptualmente los valores son algo que tienen las cosas y que ejercen sobre nosotros una extraña presión. El filósofo Meinong decía que una cosa es valiosa cuando nos agrada, es decir entendía el valor como algo subjetivo. Le respondió y rectificó Ehrenfels añadiendo que lo que más valoramos es lo que no existe, como la justicia perfecta o el saber pleno, o sea, que el valor sería la simple proyección de nuestro deseo, con ello se encaminaba de nuevo a un concepto subjetivo, porque son valiosas, no las cosas agradables, sino las deseables, en suma ideales, y no algo perteneciente al objeto, sino a los estados psíquicos de los sujetos. Pero la valoración es algo independiente de nuestro agrado, no es algo subjetivo, sino objetivo y fundado en la realidad de las cosas. En la teoría de los valores, en puridad, el valor es lo que merece ser deseado. Este merecer es algo que pertenece a la cosa u objeto, es una dignidad que la cosa tiene en sí, aparte de mi valoración o su valoración. Valorar no es dar valor, sino reconocer el que la cosa tiene. Pues bien, ese reconocimiento al merecimiento es lo que nosotros sentimos por el animal de lidia, y esa es la causa de que cada año nazca ese número de ejemplares, y de que sigamos este rito y lo mantengamos vivo. Hoy en día el toro de lidia no existe para que haya fiesta de toros, sino que hay fiesta de toros para que exista el toro, véanlo así. Decía Heidegger «Das wesen des daseins liegt in seiner existenz», la esencia de existir consiste en la existencia, si no hay tal, no hay esencia, hay la nada, el no ser.
A los 'promotores' les da igual el futuro de la especie del animal de lidia, eligen su extinción, la posibilidad de la no vida antes de que se lidien en una plaza de toros. «Si han de vivir para morir en una plaza de toros, mejor que no vivan». Esto es muy peligroso, tal vez el siguiente paso sea promover una iniciativa ante el Parlamento de Sierra Leona para que dejen de nacer seres humanos, puesto que lo que espera, estadísticamente, al «nasciturus» en ese país, es explotación y muerte violenta antes de cumplir los 25 años.
Si nos detenemos en la teoría del filósofo Zubiri, estamos obligados a existir porque estamos previamente religados a lo que nos hace existir y esto es la realidad vital. Por esta teoría de la «religazón», un espárrago no está religado a la tarea de operar una vesícula, igualmente que un salmón no está religado a la tarea de enseñar latín. El toro de lidia está religado a luchar y morir en una plaza de toros, como el espárrago a acabar en una lata o el salmón en un horno o sartén, y si no fuese así, no existirían.
El toreo es continua búsqueda de perfección, pero también es una reflexión sobre la vida y la muerte, lo que Ortega y Gasset llamaba realidad radical consistente en el quehacer del yo ante las cosas y la interacción entre el yo y las cosas, que es lo que llamamos vida.
Cuando piensen en las corridas de toros, no dirijan sus reflexiones a la muerte, sino al nacimiento y vida de los 39.211 animales registrados como nacidos por la UCTL en 2008 y sumen los correspondientes a las otras cuatro asociaciones.
En estas ocasiones nuestra mente cree poder entender a Jovellanos cuando afirmaba que la ley fundamental de un país debe ser fruto de su historia y no producto de una asamblea constituyente. Yo les diría a los parlamentarios catalanes que voten y lo hagan sin miedos ni temores, ellos son unos privilegiados que van a tener la oportunidad de votar por la vida y por la libertad. Como dijo el doctor Martin Luther King en aquella sofocante tarde de agosto de 1963: «Let freedom ring». Atiendan y escuchen la llamada de la libertad.