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Para mí es muy triste comprobar cómo alguno de mis alumnos me mira como a un bicho raro cuando subo en bici a darles clase

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En bicicleta al trabajo
:: JOSÉ IBARROLA
Hay satisfacciones íntimas que uno no puede evitar buscar un día tras otro. No son vicios insanos ni actitudes inmorales; ni siquiera tienen que ver con la carne ni lo pecuniario. Para nada: los tiros van por otro sitio mucho más distante y claro.
Han sido muchos años de sentirme acosado, de salir con miedo por el asfalto, de mirar por el rabillo del ojo a ver si el energúmeno que lleva el motor rugiendo de caballos me va a reventar contra el quitamiedos o se va a conformar simplemente con peinarme la oreja mientras me rozo la pierna derecha con los matojos. Tanto tiempo sintiendo esa opresión que, en estos tiempos inciertos de obra pública desmedida, de aperturas y reaperturas de zanjas, de viales inconclusos y piezas gigantes del lego rojas y blancas cerrando caminos y, en definitiva, en estos tiempos en los que coger el coche es un suplicio, estoy viviendo la más dulce de las venganzas.
Como un ritual, todo comienza con puntualidad a las 14 horas. Saco mi bici del despacho y desciendo por el camino verde del Campus. Entre el jolgorio de los pájaros y el croar de las ranas del estanque se escuchan los cláxones y los frenazos que transmiten la impaciencia y la desesperación. Me paro para ajustarme la chaqueta porque hace fresco y atisbo entre los árboles el reflejo de decenas de ventanillas de coches parados y amontonados uno tras otro. En la Facultad de Educación salgo al vial, me cuelo entre unos y otros, los miro con suficiencia, sonrío feliz mientras el aire y el sol me dan en la cara y salgo hacia mi casa en vertiginoso descenso dejando tras de mí el atasco. Otro día más.
Y así es como tomo por cumplida mi venganza: gracias a la imprevisión de unos -los gestores- a la obcecación de otros -los conductores- y a la ausencia de alternativas- los responsables ahora somos ambos, los que votamos y los que gobiernan. De todos modos, pese al buen sabor de boca que llevo disfrutando en estos tiempos, para mí es muy triste comprobar como alguno de mis alumnos me mira como un bicho raro cuando subo en bici a darles clase. Aunque si lo pienso con más detenimiento, ese zagal que viene en el BMW de papá bien puede mirarme como un pringado. Está en su derecho, así como yo en el mío de disfrutar mucho más cuando lo sobrepaso en el atasco, sobre todo en el preciso momento en el que giro completamente la cabeza para que, desde su desesperación y tensión amarrado al volante, entrevea mi incipiente sonrisa.
Nota final para no abusar por generalizar: ni todos los alumnos suben en BMW -me consta que la mayoría sufren el 39 y otros se juegan el tipo pedaleando por carreteras y avenidas- ni todos los conductores pueden evitar estar atados a su coche. Pero a los que les toque, que empiecen a asumir su parte de responsabilidad, desde los que están atrapados en la Ronda Oeste durante una hora -presionen a los políticos, voten en blanco, cojan una bici- hasta los que piensan que una simple banda de pintura verde se convalida por un carril bici- y eso en el mejor de los casos, porque la tónica habitual es que nuestros gobernantes inauguren avenidas en el siglo XXI con 20 metros de sección transversal sin ni siquiera pintarrajear una mínima banda dedicada al carril bici. ¿Es que esta gente no ha viajado?
José Antonio Pastor González es profesor titular en la Universidad de Murcia. Ha viajado en bicicleta por casi todos los rincones de España, gran parte de Europa y también se ha asomado a otros continentes, como África. Además, es autor de varias guías de viaje en bicicleta (El Danubio en bicicleta y La vía de la Plata en BTT, ambas en la editorial Desnivel).

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