Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Opinión

Edición Impresa

ASÍ ME PARECE

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
Meterse en política
JESÚS FERRERO
Aconsejaría usted a su hijo que se dedicara a la política? Esta pregunta se le formuló a Mariano Rajoy en una reunión de dirigentes de Nuevas Generaciones del PP, que tuvo lugar en la convención celebrada el pasado fin de semana en Barcelona. El líder de los populares no quiso contestar directamente. Y se fue por la tangente. Habló de que la política es una noble actividad humana, que implica vocación de servicio y capacidad de sacrificio. Pero no contestó a la pregunta. No por gallego, sino quizás por buena persona. No quiso mentir. Uno puede recomendar a los jóvenes en general que se dediquen a la política, puede insistir en que nuestra democracia necesita de su energía, de su idealismo, de su entusiasmo por mejorar la sociedad. Pero cuando se trata de nuestros propios hijos, las cosas cambian. Seguramente Rajoy lo tiene claro: a sus hijos nunca les recomendaría que se metiesen en política. Pero esto no podía decirlo. Se encontraba en una reunión de jóvenes con clara vocación política, que aspiran a suceder a los políticos actualmente en activo. Si Rajoy hubiera dicho lo que pensaba, es posible que se hubiese creado una cierta confusión. Y no le faltaba más que eso a Rajoy: Esperanza Aguirre, enredando, y Nuevas Generaciones, perpleja. Hizo bien, pues, en salirse por la tangente.
No obstante, al margen de la anécdota de Rajoy, todos los que somos padres podríamos hacernos la misma pregunta: ¿aconsejaríamos a nuestros hijos que se dedicasen a la política?.
Hace muchos años, vino a Murcia Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, que por entonces era portavoz del Grupo Popular en el Congreso. Miguel es uno de los parlamentarios más brillantes que he conocido en mi vida. Letrado del Consejo de Estado, jurista, licenciado en Filosofía y Letras, hombre de profunda y extensa cultura, fina ironía y gran sentido del humor. Pero sobre todo, una buena persona, de cuya amistad y afecto recíproco me honro desde que nos conocimos en 1982. Le habíamos invitado a efectuar una visita a la Región, celebrando mítines en varios municipios. Tras un acto público, en San Pedro del Pinatar, se le acercó un joven que no habría cumplido los 18 años, y le dijo: «D. Miguel, yo le admiro mucho. Y quiero ser como Vd. ¿Qué tengo que hacer para dedicarme a la política?». Miguel se puso serio, miró con afecto al joven, y en el silencio expectante de los que le acompañábamos, le dijo: «Estudia. Estudia mucho. Termina una carrera. Ejerce una profesión. Gana dinero con tu trabajo. Cásate. Ten hijos. Y, luego, cuando tu retaguardia económica, profesional y familiar esté segura, entonces, si quieres, dedícate a la política».
En mi opinión, Miguel tenía toda la razón. Ese es el mejor consejo que los padres podemos dar a nuestros hijos. Y realmente he visto a muchos padres hacerlo así. Claro que hay excepciones. No muchas. Pero las ha habido. Y las seguirá habiendo. Conozco a algunos progenitores que han desplegado todas sus influencias para colocar a un hijo suyo de concejal, o de un puesto designado a dedo, con la secreta esperanza de que si el hijo metía cabeza, tendría garantizado su porvenir. He visto cómo estos padres adulaban al dirigente de turno, le hacían la rosca, y se humillaban, con tal de conseguir solucionar lo del hijo. ¡Qué no haría un padre por su hijo! Por supuesto, se trataba de casos desesperados, en los que al chico no había forma de sacarle punta, ni que lograse hacer algo útil para ganarse la vida. Pero, salvo estos casos extremos, mi experiencia me permite concluir que, por regla general, los padres no queremos que nuestros hijos se dediquen a la política.
Y esto ¿por qué?. Si la actividad política es tan necesaria y tan noble, si, en comparación con otras actividades profesionales, no está del todo mal pagada, ¿por qué los padres no aconsejamos a nuestros hijos que se metan en política? Seguramente podríamos exponer muchas razones, sin que todas ellas influyan por igual en cada caso.
En España hay un viejo miedo a la política. Los padres actuales no vivimos la tragedia de la guerra civil. Pero nuestros padres, los abuelos de los actuales jóvenes, nos contaron lo que entonces ocurrió, y lo caro que pagaron algunos su compromiso público con la política. Este miedo sordo, oscuro, todavía subyace soterrado en el alma colectiva del pueblo español. Cuando yo era joven, en la transición a la democracia, muchas personas mayores de Murcia me animaron para que me metiese en política (mi padre, no). Esas mismas personas mayores aconsejaban a sus hijos que se dedicasen a otra cosa, e hicieron lo posible para alejarles de la política.
También ocurre que la actividad política no es una profesión socialmente muy prestigiada. Lo dicen las encuestas. Y esto no es de ahora, que podría decirse que la corrupción la ha desprestigiado. Ha ocurrido siempre. Cuando yo estaba de diputado por Murcia en el Congreso, a un hijo mío de 10 años en el colegio de los Maristas le pidieron que rellenase un formulario. Una de las preguntas era la profesión de su padre. Mi hijo, repito, de 10 años, no escribió que yo era diputado en las Cortes (con lo orgulloso que estaba yo de ello), sino que contestó que su padre era Abogado del Estado. Cuando me enteré, le pregunté que por qué no había escrito que era diputado. El niño me contestó con toda sensatez: «me gusta más tu profesión de verdad».
Además, los padres queremos para nuestros hijos seguridad en su futuro. Que tengan unos ingresos estables y dignos, y, a ser posible, un puesto de trabajo seguro. Y esto la política no lo garantiza. En la vida interna de los partidos a veces no rige el principio de mérito y capacidad, sino el de sumisión y obediencia al jefe. No siempre se selecciona al mejor, sino el que no plantea conflictos. No siempre gustan las personas con ideas propias. A veces se prefiere al que asume sin discutir las ideas del jefe. La iniciativa, el ingenio, la capacidad de trabajo, el empuje, la energía se valoran como cualidades en la vida privada. En la política, no siempre. En la vida interna de los partidos a veces funciona la adulación. Porque algunos jefes son sensibles a la adulación, y porque hay gente que está dispuesta a adular. De este modo, si tenemos un hijo con talento, con inquietudes, con ideas propias, con carácter, con coraje, y con un sentido de la dignidad incompatible con la adulación, será muy difícil que se mantenga de por vida en política. Si no se es el jefe (y en cada partido no hay más que uno a nivel nacional) para sobrevivir en política hay que desarrollar unos mecanismos psicológicos de adaptación al medio, lo cual, casi siempre, para un joven idealista significa poco menos que traicionar sus principios y degradar su dignidad.
Como todo esto lo sabemos los padres, que hemos vivido mucho más, nos negamos a aconsejar a nuestros hijos que se metan en política.
Ahora bien, España necesita que los mejores jóvenes decidan dedicarse a la política. Es verdad. Lo que ocurre es que muchos jóvenes de gran calidad humana lo decidirán, a pesar de los consejos, admoniciones, advertencias, y muchas veces enfados de sus padres. Así ha ocurrido siempre, y seguirá ocurriendo en el futuro. Gracias a Dios.

Vocento
SarenetRSS