Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Opinión

Edición Impresa

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
El culto al dinero dio paso a la obsesión por poseerlo todo, entero, sin reparto. Ese Poderoso Caballero quevedesco se ha convertido en una deidad peligrosa, por mor de las tentaciones que suscita: robar bienes ajenos, cueste lo que cueste. ¡Qué ironía!
El ídolo, empero, a miles de personas corrompe en el desempeño de su cargo público; con su corrupción, sitúa en crisis a la sociedad que honestamente debería servir. La deja falta de recursos para su desarrollo, crecimiento y avance.
Muchas pequeñas y medianas empresas han de cerrar; y las grandes, como poco, incoan los odiosos ERE, eufemismo con el que se da a entender al paria que será despedido inminentemente, arguyendo, cínica y vilmente, la falta de liquidez para pagar su sueldo mensual. Todo vale desde que quien ha mordido el anzuelo de la avaricia, no cejará en su empeño de ser, él mismo, el dinero codiciado, en carne y hueso. Así se crean, aunque temporalmente, los dioses hechos de dinero, adorados mientras la ley no desvela su ilegal proceder.
En la situación actual, hemos de proclamar la muerte de estos ídolos, nacidos de sus inicuas entrañas y elevados a un olimpo crematístico edificado con la mezquindad como ladrillo y culminado con la impunidad en la que se instalan durante su apogeo.
Así como Nietzsche entiende por «ideales» no otra cosa que «derribar ídolos», ayudando al ocaso de los nuestros sus pies descansarán en prisión, atados con grilletes. Habrá acabado su sueño de megalomanía. Y se habrá hecho justicia.

Vocento
SarenetRSS