Este periódico ha saludado, en ocasiones con alborozo, gran parte de las rompedoras iniciativas del consejero Cruz, empeñado en sacar a la cultura de su cómodo aposentamiento; incluso, sabedor de que desde dentro de su partido y del Consejo de Gobierno, su proceder levantaba suspicacias intelectuales y económicas. Sin embargo, todo este activo que ha ido acumulando con la benévola complacencia del propio presidente Valcárcel, no puede fundamentar que en esta ocasión haya sobrepasado unos límites que para los medios de comunicación suponen un credo y una doctrina en las que se asientan su relación con los lectores: la honestidad y fiabilidad que deben inspirar y contener todas las informaciones.Utilizar mecanismos estrictamente informativos desde su sillón de consejero como representante de la legitimidad democrática que le dan los votos, no es plataforma para provocar un sentimiento cercano al engaño, inventándose un personaje, recreando un objetivo que forma únicamente parte de una campaña de comunicación cuyos naturales instrumentos son los mensajes publicitarios, legítimos pero muy alejados del valor universal de la información.Provocar deliberadamente una situación informativa en un marco de representación oficial como el pabellón de Murcia en Fitur no esconde sino una conducta laxa- y seguramente intencionada- de utilizar la buena fe de los medios de comunicación regionales como el nuestro para su fin comercial que persigue modificar la mala, por inexacta, imagen de la Región tanto dentro como fuera de la misma, extremo que el propio presidente Valcárcel ha considerado en repetidas veces como preocupante. Más preocupante resulta que se utilice, con la ligereza del alegre innovador, un procedimiento que termina originando una imagen distorsionada del consejero Cruz como gobernante y una permanente duda sobre si lo que dice o hace como miembro del Gobierno regional pertenece a la realidad o termina deambulando por los caminos de la ficción. Parece precisa una explicación rotunda del análisis que llevó a tamaña decisión y el porqué se decidió traspasar la gruesa línea que separa y debe separar la información de la comunicación publicitaria. No puede considerarse como pacífica, y por tanto exenta de responsabilidad, la actuación de un órgano como la Consejería de Cultura y Turismo sobre la que, de admitirse como válida esta concreta acción, sería necesario dudar de manera permanente. Ni tampoco como medio de comunicación podemos dejar de evidenciar el indeseable procedimiento utilizado por mucho que en la mente de su creador también esté descontada la crítica que contiene este editorial e, incluso más, deseen que esta reflexiva reacción forme parte de la misma campaña para la que el silencio sería su peor arma.