Con asombro para unos y desagrado para otros, se está viendo aparecer en diversas ciudades europeas autobuses con carteles que dicen «Probablemente Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta de la vida». A esto han contestado los creyentes con el mensaje de «Dios sí existe». Desde el punto de vista de la razón y de la ciencia, es más correcto el lema de los ateos. Éstos no niegan la existencia de Dios, solamente ven su no existencia como probable, lo que entra dentro de algo lógico, sensato y de acuerdo con los conocimientos de la ciencia. Aunque el 97% de los premios Nobel y miembros de las principales academias científicas se declaran ateos, ninguno de ellos puede demostrar de forma irrefutable la no existencia de Dios; pero tampoco los creyentes pueden demostrar su existencia de forma racional. Por tanto, el dichoso cartelito de «probablemente Dios no existe» sólo muestra una realidad a la que no hay nada que objetar, que puede ser aceptable incluso para los religiosos, ya que no niega a Dios de forma categórica y no falta el respeto a quienes crean todo lo contrario. Sin embargo, la respuesta de «Dios existe» sí es una afirmación categórica y excluyente, que define la existencia de Dios como verdad única. Es comprensible que se manifiesten así, pues la creencia en Dios es una cuestión de fe, no de razón. Por tanto, tienen que acallar a la razón, si está en contra, y aceptar la declaración de fe sin dejar lugar alguno a la duda. Correcto, pero esto no impide que respeten a los que tengan dudas, pues unos y otros tienen el mismo derecho a manifestarse en libertad.
Con gran sorpresa he leído estos días la respuesta del arzobispo de Madrid, el cardenal Rouco Varela, oponiéndose al uso de los espacios públicos «para hacer mal de los creyentes». ¡! ¿Dónde está el mal? La frase en cuestión que pone a Dios en duda no ofende a nadie. Hasta diríamos gran parte de las personas que frecuentan los sacramentos tienen sus dudas sobre Dios, aunque sigan con su fe; luego la probabilidad de que Dios no exista puede ser asumida por todos. Es una duda que tuvieron muchos santos; el caso reciente de la madre Teresa de Calcuta ilustra bien lo que estoy exponiendo. Ni él ni ningún cristiano puede sentirse ofendido por una frase, técnicamente correcta, que no habla mal de los creyentes. Pero lo peor es que nuestro cardenal diga que ese anuncio en el autobús «es un abuso que condiciona injustamente el ejercicio de la libertad religiosa». Semejante expresión es cómo mínimo muy desafortunada porque, precisamente lo que él niega es la libertad religiosa, la libertad a expresarse en cualquier religión, incluido el ateismo o cualquier forma de negación de las creencias religiosas. Esa postura parece más propia de otras épocas en la que la Iglesia disponía del Tribunal de la Santa Inquisición o, ya más reciente, de la alianza con el régimen dictatorial para conseguir que sólo se oyera su voz y estuvieran perseguidas todas las demás. La nostalgia de otros tiempos, afortunadamente ya pretéritos, no hace ningún bien a la Iglesia, que bien se ha esforzado en superar el integrismo y dar una nueva imagen de respeto a los derechos humanos y las libertades.
Claro que tal vez haya sido una mala interpretación de sus palabras por la prensa. Por ello, haría bien Rouco Varela en rectificar o aclarar lo que ha dicho y reconocer el derecho de los ciudadanos a expresar libremente sus creencias religiosas, sean las que sean, Y por supuesto, también las de aquellos que no creen en religión alguna. En eso consiste la libertad religiosa, reconocida en nuestra Constitución, que el señor arzobispo debe respetar como el resto de los españoles, creyentes o no creyentes. Y no olvidemos que el ateismo, en una sociedad plural, igual que las religiones, hace un aporte al debate ideológico y en definitiva al acerbo cultural de la humanidad.