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LA TRIBUNA DE 'LA VERDAD'

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La caverna contraataca
JOSÉ IBARROLA
Entre las muchas personas que entran en los registros civiles a realizar todo tipo de trámites es fácil reconocer a los padres que van a inscribir a su hijo. Se les nota en la alegría un tanto alelada que llevan escrita en la cara, que contrasta con la expresión de aburrimiento, cuando no de fastidio, típica de los que se ven obligados a realizar cualquier trámite burocrático. Los papás recientes, cuando están casados, aparecen con su DNI, su libro de familia y el certificado de nacimiento del bebé. Y, sin más preguntas o requisitos, el nuevo ciudadano es inscrito en el libro de familia como hijo de su madre y del marido de ésta. Por supuesto, al marido de la madre no se le pregunta si su esposa quedó embarazada por fecundación in vitro, por inseminación artificial o por el sistema clásico; ni si el espermatozoide implicado procedía de él o de otro donante.
A nadie hasta ahora se le había ocurrido la idea peregrina de que, por ejemplo, en un caso de inseminación artificial con semen de un donante anónimo, el cónyuge tuviera que iniciar un proceso de adopción. Eso es sin embargo lo que sucedió a Vanesa de las Heras. Vanesa y Susana Meseguer son un matrimonio que decidió tener un hijo. Susana quedó embarazada (por inseminación artificial, como tantísimas mujeres casadas con hombres) y tuvo una hija. Pero los responsables del Registro Civil de Murcia, en lugar de inscribirla como hija de ambos cónyuges, la inscribieron como hija sólo de Susana. Con lo cual se produjo la chusquísima situación de que ésta tuviera dos libros de familia, uno en el que figuraba como casada (sin hijos) y otro en el que aparecía como madre soltera. Como solución a este absurdo se les dijo que, si Vanesa quería ser reconocida legalmente como madre de la criatura, tendría que adoptarla. Así que tuvo que iniciar los trámites de adopción. Un fastidio y un absurdo, pero, en principio, sólo eso, un fastidio y un absurdo. Hasta que toparon con el juez Ferrín Calamita, que consiguió que esta historia, además de fastidiosa y absurda, se convirtiera en una pesadilla.
El tal Ferrín Calamita era uno de los jueces de familia de Murcia. Se declara católico y afirma que sus libros de cabecera son la Biblia y Camino, de Josemaría Escrivá de Balaguer. Hasta aquí nada que objetar. El problema es que, cuando se pone la toga y entra en el juzgado, no sustituye sus lecturas de cabecera por el Código Civil, sino al contrario, como bien saben las numerosas personas que a lo largo de años han padecido sus arbitrariedades. Fiel a su trayectoria, se dedicó en cuerpo y alma, primero, a sabotear el proceso de adopción de Vanesa y, segundo y (todavía más) grave, a privar de la patria potestad a la propia Susana, convirtiendo en legalmente huérfana a una niña concebida y nacida dentro de un matrimonio. Y todo ello en contra de lo afirmado por los informes que él mismo encargó. Vanesa y Susana no se dieron por vencidas y pidieron amparo a la Justicia frente a tanta arbitrariedad. Y lo obtuvieron. El juez fue sancionado, se devolvió la patria potestad plena a Susana y se concedió a Vanesa la adopción. Y, finalmente, tras un proceso con todas las garantías, quedó probado que Ferrín Calamita había dilatado la adopción de manera maliciosa y que lo había hecho por motivaciones manifiestamente homófobas.
Ahora que, con motivo de las protestas de los jueces, arrecian las acusaciones de corporativismo, es justo destacar el hecho de que han sido los propios jueces los que han protegido los derechos civiles de dos ciudadanas y castigado por sus abusos a otro juez. Pero claro, lo que es una excelente noticia para cualquier demócrata, sean cuales sean sus convicciones políticas o religiosas, es una noticia pésima para los nostálgicos del nacional-catolicismo. Así que, con la afición a las conspiraciones que la caracteriza, la caverna no ha tardado en presentar la sentencia judicial como una persecución religiosa producto de un supuesto contubernio anticatólico. Y, como Vanesa (a la que se refieren con adjetivos tan piadosos como «indeseable» o «aberrosexual») fue candidata de UPyD por Murcia en las pasadas elecciones, han aprovechado para intentar demonizar a UPyD como un partido supuestamente anticatólico.
UPyD es un partido laico que, precisamente por serlo, es radicalmente partidario de la libertad religiosa y contrario a cualquier forma de persecución ideológica. Que defiende la separación del Estado y las confesiones religiosas porque dicha separación es la mejor garantía de la plena libertad de cultos. Es pues cualquier cosa menos un partido anticatólico. Sí es un partido que defiende intransigentemente los derechos civiles. Por eso los afiliados de UPyD de la Región de Murcia estamos muy orgullosos de contar a Vanesa de las Heras entre nuestras afiliadas, no por su orientación sexual, sino por el coraje cívico que ha demostrado en la defensa de la familia, de sus derechos civiles y, de paso, de los de todos los ciudadanos de la Región. Incluidos los de aquellos que consideran a los no creyentes seres infrahumanos, como, verbigracia, el propio Ferrín Calamita, que no tuvo empacho en hacer en el juicio la poco evangélica afirmación de que «creer en Dios es lo único que diferencia a los humanos de un rebaño de ovejas».

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