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Noticias preocupantes desde el frente. Parece que no van a llegar los refuerzos de refresco. Símil bélico aplicable a lo que puede suceder en breve en la Atención Primaria de acuerdo con las conclusiones de su congreso celebrado la pasada semana en la que han saltado las alarmas acerca de lo escasamente atractiva que resulta para las nuevas promociones de licenciados. No en vano en la última convocatoria de plazas para cursar la especialidad han quedado muchas sin cubrir. En una tendencia parecida a la que se aprecia en Medicina Interna, a grandes rasgos y con todas las salvedades para no herir susceptibilidades el equivalente hospitalario de la anterior por sus características generalistas, a la cola de las preferencias de los electores cuando de manera tradicional siempre había gozado del mayor prestigio. Actividades que demandan entrega, dedicación y muchas horas de estudio para estar mínimanente al día. Si a esto se añade lo que de forma perversa se puede considerar como la «calidad» de los enfermos que atiende, en su mayoría ancianos con procesos crónicos en los que rara vez se obtienen resultados satisfactorios, si por tales se entienden espectaculares curaciones o la ejecución de complejas técnicas de diagnóstico o tratamiento entonces la suerte está echada. Porque además el profano no tiene una clara percepción de sus funciones. Todo el mundo sabe qué es un traumatólogo, un nefrólogo o un radiólogo, pero el internista ¿a qué se dedica? ¿Cuál es su ámbito de actuación? Cóctel que no es un señuelo especialmente atractivo frente a otras disciplinas menos sacrificadas y mejor remuneradas.

Aunque sea temerario especular acerca de los motivos por los que los estudiantes no optan por estas disciplinas, núcleo de la medicina, algo tienen que ver los signos de los tiempos. La generación de mileuristas tiene perspectivas vitales con una mayor propensión hacia el disfrute de la vida privada, actitud muy respetable, en abierto contraste con las anteriores, prácticamente hospedadas entre los muros del hospital durante todo su período de formación. Estado de cosas que lleva a decantarse por especialidades que en su opinión puedan más o menos controlar sin grandes dispendios personales, que les dejen tiempo libre para la familia y no mermen su calidad de vida. Actitud que se aprecia con carácter global según las informaciones que se desprenden de todos los países occidentales, obligados a importar facultativos de otros con menos recursos económicos para cubrir las necesidades más perentorias, en una perversa espiral de vestir santos ricos para desvestir a los desfavorecidos.

Solución con todos los inconvenientes que arrastra en una profesión tan dependiente de los condicionantes culturales del entorno y en los que afloran situaciones picarescas como la que se acaba de conocer sobre falsas titulaciones de licenciados. Otra medida ha sido la de liberalizar la producción de licenciados sin preveer las necesidades reales en estas áreas deficitarias. Las vocaciones -¿existen?- suponen los responsables, preocupados en otros asuntos menos etéreos, ya vendrán después por añadidura. Pero ya se está viendo lo que da de sí dejar toda la iniciativa en manos del mercado, cuando el debate se debería orientar hacia el modo de hacer atractivas estas especialidades, sostén de la atención sanitaria.

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