Cuarenta años después, Luther King, al igual que Gandhi, se ha transformado en el icono de una perfección deseada pero no alcanzada. Es un analgésico para nuestras conciencias, el recurso fácil para afirmar que la no violencia no es una imbecilidad sino un acto de valentía muchísimo más grande que la guerra misma. Pero al mismo tiempo, es el ejemplo de esa singularidad con la que la Historia se nos presenta a veces. Fue un caso único, casi imposible de repetir. ¿Es tan difícil educar en la no violencia! Porque, ¿qué vas a hacer si te pegan? ¿Te vas a quedar quieto? Eso es de imbéciles y de pringaos. Ésa es la lección que hemos sacado cuarenta años después del asesinato de Luther King. No responder con la violencia a quien te pega es de pringaos. Y colgar las imágenes en Internet de las vejaciones a un disminuido, ¿qué es? Y asistir, impotentes, al aumento de casos de violencia escolar, ¿qué es? Y mantener la violencia como instrumento para la consecución de objetivos políticos, ¿qué es? Y romperle la cara a una mujer, violarla y humillarla, ¿qué es? Y obviar la violación sistemática de los derechos humanos en algunos países del mundo, ¿qué es? ¿Es de pringaos denunciar todo eso? ¿Es de pringaos educar en el respeto, el diálogo y en el no levantar la mano frente al otro?
Cuarenta años después, el asesinato de Luther King vale para poco. A lo sumo para un recuerdo de esos que salen en los periódicos. Poco más. No nos engañemos. Hoy sería un pringao. Un fracasado. La violencia se ha banalizado hasta tal extremo de que ya no sabemos qué hacer. ¿Merece la pena recordar a Luther King? Yo al menos sí lo he hecho. Me importa un bledo que me consideren un pringao.




