Miércoles, 22 de agosto de 2007
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OPINIÓN

EDICIÓN IMPRESA

USTED DIRÁ
¿Socorro, se corre!
Y no se presentaron también en Lorca por un pelo los GEO, el Séptimo de Caballería, los caballeros legionarios con la cabra, los hombres de Harrelson, Sherlock Holmes, el ex ministro de Defensa Federico Trillo-Figueroa Martínez-Campos, la Guardia Suiza del Vaticano, agentes del CNI (Centro Nacional de Inteligencia), la Ertzaintza, el arzobispo castrense monseñor Francisco Pérez González, la Armada Invencible, Colin Powell, los marines, Esperanza Aguirre y el director general de Protección Civil de aquí de Murcia, Luis Gestoso, con toda su colección de soldaditos de plomo. Todos a Lorca corriendo como el rayo que no cesa para acudir en auxilio de la mujer que gritaba ¿socorro!, de la mujer desesperada que gritaba ¿socorro!, de la mujer que en pleno día alertaba, desde el interior de su casa y con toda la potencia de su voz, de que algo le estaba ocurriendo que la tenía con el corazón a cien, los nervios a flor de piel, el pulso por las nubes de algodón, la consciencia en peligro y todo el cuerpo mortal como en ebullición.

La mujer gritaba ¿socorro! y una vecina la escuchó clamar en el desierto y se apiadó de ella, se preocupó por ella, se alarmó, se descentró, supo que tenía que hacer algo para acabar con las llamadas de ¿socorro!, que se prolongaban más de la cuenta y, dicho y hecho: llamó al teléfono de emergencias, al 112. Y funcionó. Así es que ahí tienen ustedes a unos agentes de la Policía Municipal de Lorca, acompañados de unos bomberos del mismo lugar, llamando a la puerta del domicilio -¿en llamas?- de donde procedía la llamada de auxilio, el canto desesperado, el grito de ¿socorro, socorro! que puso en guardia a la buena vecina y al pie del cañón a los agentes del orden.

Y abrió la puerta un joven. Y al joven le explicaron la razón de la visita, los gritos de ¿socorro! que de allí procedían y el susto que tenía metido en el cuerpo la vecina. Y el joven se puso colorado, verde, amarillo y azul, porque en efecto en la casa se encontraba una mujer que gritaba, incluso que gritaba con ganas, que era su novia y con la que se encontraba jugando y no precisamente a la petanca. En resumen: que no gritaba ¿socorro!, sino ¿me corro, me corro! Que no pedía ayuda, o sea, sino que la dejarán en paz, entregada al placer, lejos del mundanal ruido, aprovechando bien y con salud la tarde.

Y se fueron los agentes del orden, eso sí sin verle la cara a la del grito de amor, que desde luego no es que sea la persona más original del mundo en sus exclamaciones; ni, desde luego, Marguerite Yourcenar.

 
Vocento

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