Con la sencillez de los verdaderamente grandes; así se comportó ayer el escritor surafricano J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940), durante el encuentro que mantuvo, en el Hemiciclo de la Facultad de Letras, con un público heterogéneo y seguidor de la obra del Nobel de Literatura 2003, que asistió a un acto extraño e histórico: la lectura de varios fragmentos de su última obra inédita, el libro de reflexiones Diario de un año malo (Diary of Bad Year).
Si Jorge Amado necesitaba poco para considerar que estaba en su casa -una mesa para comer, una cama para dormir y una máquina para escribir-, J. M. Coetzee da la impresión de encontrarse entre su gente cuando se rodea de lectores. Espartano, muy delgado, con camisa blanca y americana oscura, educado pero hermético, sólo se permitió una leve sonrisa en una ocasión. Y no fue cuando, al entrar en la sala sin un solo sitio libre para sentarse del Hemiciclo, recibió la primera ovación de la tarde. Ni tampoco durante la lectura -en inglés- de los textos elegidos de su último libro; ni cuando, al finalizar su intervención, el público le brindó una rotunda ovación que él agradeció poniéndose en pie durante unos segundos para, inmediatamente, dar por concluidas las muestras de agradecimiento y ofrecerse a firmar libros a sus lectores. No, no; el autor de Desgracia y Esperando a los bárbaros sólo se permitió una casi imperceptible sonrisa cuando el profesor José Carlos Miralles, en la presentación que hizo del escritor, dijo: «¿Bienvenido, profesor Coetzee, nuestro caballero de la Triste Figura!».
Desde la entrada en la sala de J. M. Coetzee, hasta que resonaron en el aire asfixiante sus últimas palabras, el silencio fue reverencial y un clima de emoción lo presidió todo por encima de la incomodidad. Lectores de todas las edades, profesores eméritos como Antonino González Blanco y José García López, escritores como Pascual García y Juana J. Marín Saura, el pintor Ángel Haro, el decano de la Facultad de Letras, José María Jiménez Cano...; todos siguieron la lectura disfrutando de la presencia de uno de los grandes escritores e intelectuales de nuestro tiempo, nada dado a participar en actos públicos. Conocida la profunda humanidad de su obra, su compromiso con la justicia y su aversión a la falsedad, es difícil imaginarse a alguien que en su presencia, y en función de una promesa, un carné, un credo, un cielo prometido o cualquier adhesión, se vea repitiendo ante otro (humano o divino) estas palabras dichas por Ariel en La Tempestad: «Vengo a cumplir tu deseo, ya sea volar, nadar, lanzarme al fuego o sobre nube ondulante cabalgar». Porque Coetzee apuesta por la responsabilidad individual.
Soledad, amor, sexo, sed de justicia, absurdo, violencia contra los animales... Coetzee, enemigo de toda forma de complacencia o de pereza, emprende viajes sin lógica como los de Gulliver y procura no asustarse por la existencia de los seres más extraños, sean habitantes de Liliput o personajes inclasificables o brumosos.
Los textos que leyó reflexionaron sobre el cuerpo, sobre la matanza de animales, sobre la disculpa, sobre los sueños, sobre la vida erótica, sobre los pájaros del aire y sobre Dostoievsky.
Más allá
Rotundo en algunas de sus afirmaciones -«Todo amor es mediocre, al final»; «La concepción griega del más allá me resulta más auténtica que la visión cristiana. El más allá es un lugar triste y gris»...-, el escritor transitó entre la crudeza y la poesía. Qué razón tenía el profesor Miralles cuando dejó constancia de que «gracias a su amabilidad, nuestra ciudad se convierte por unos momentos en el centro del mundo literario». «Estamos -recordó Miralles al público- ante uno de los narradores más auténticos del panorama literario de nuestros días, capaz de crear con un estilo contenido una obra ética y estéticamente impecable. Con una producción relativamente breve, compuesta de algunas novelas, memorias y ensayos, ha sabido construir un doloroso atlas de las miserias, pero también de la dignidad, del alma humana».
«Siendo el único autor de lengua inglesa que ha sido galardonado en dos ocasiones con el British Booker Prize, en ninguno de los dos casos fue a recoger personalmente su merecido premio», indicó. «En cambio», resaltó, «nosotros hemos tenido la fortuna de que haya respondido rápida y afirmativamente a nuestra invitación».
Qué gozada (sobria, irrepetible).