Sábado, 9 de junio de 2007
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La destrucción del castillo
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Hace cerca de 40 años, las máquinas que abrían la Gran Vía de Murcia acabaron con los baños árabes de la calle Madre de Dios (s. XII-XIII). La legislación era entonces mucho menos precisa que la actual, la conciencia de bien cultural se reservaba a eruditos y especialistas la falta de libertades y de estado de derecho y la aplicación salvaje del desarrollismo hicieron el resto. El suceso ha pasado a la Historia, a nivel nacional, como uno de los más claros ejemplos de trágica e innecesaria destrucción del Patrimonio Histórico.

Hoy los tiempos han cambiado; tenemos una detallada ley que protege nuestros monumentos, la sociedad tiene una mayor conciencia de su patrimonio y, en fin, existe un estado de derecho que garantiza la protección de lugares de alto valor cultural. Nada de esto ha servido para desestimar por disparatada la construcción del Parador Nacional dentro y sobre el Castillo de Lorca. No ha bastado que posea el máximo nivel de protección que nuestra legislación permite, ni que esté considerado Monumento Nacional desde 1931, ni siquiera que se trate de un excepcional yacimiento arqueológico que de manera excepcional debía haberse tratado, o que se hayan localizado restos de notable importancia. No ha bastado siquiera el sentido común.

Los bloques del hotel se levantan hoy junto a la Torre Alfonsina desvirtuando para siempre no sólo la imagen del Castillo sino de la misma ciudad de Lorca y de su propia identidad, pues estamos hablando de un símbolo, de un referente cultural e histórico, de un elemento insustituible, y de ahí su elevado grado teórico de protección. El perdón otorgado a los restos hallados de una sinagoga -de excepcional valor- y la reproducción en otro sitio de una casa de la judería, se nos antoja un ridículo premio de consolación. Se dijo en su día que el Parador tendría pocas alturas y ahora son seis, que apenas se vería y ahora es imposible no verlo; que respetaría -como no podía ser de otro modo- la imagen e identidad del monumento, y ahora resulta que al Castillo le ha crecido otra inmensa torre y una serie de bloques alrededor que hacen difícil su comprensión. La línea que dibujaba en el horizonte, tan querida y reconocible, tan eterna, esa sky-line de la ciudad, ha quedado amputada para siempre bajo el peso de un nuevo desarrollismo.

Los promotores de este disparate urbanístico y de este atentado contra el buen gusto intentan confundirnos acusándonos de estar en contra del Parador: el Parador es un bien innegable para cualquier localidad, pero no a cualquier precio; se podía haber instalado en cualquier otra parte de Lorca y el daño hubiese sido infinitamente menor. ¿Era necesario autorizar semejante impacto? ¿No había ninguna otra opción? No hay nadie en esta Región que sea capaz de contestar afirmativamente, con la cabeza bien alta, a estas dos cuestiones. También se dice, por cierto, que los dos partidos inmensamente mayoritarios están a favor de su construcción pero, ¿desde cuando se decide por mayoría lo que pertenece al ámbito de lo que es de ley? La ley es muy clara al respecto: «Todos los castillos de España, cualquiera que sea su estado de ruina, quedan bajo la protección del Estado, que impedirá toda intervención que altere su carácter o pueda provocar su derrumbamiento», (Decreto de 22 de abril de 1949 de Protección de Castillos, aún en vigor) ¿No altera el Parador el carácter del Castillo? ¿Y de qué manera!

Una semana después de escribir estas líneas he vuelto a Lorca. Las obras siguen devorando el castillo. Miro perplejo hacia ese cerro cuya imagen familiar y querida nos parecía eterna y veo como va siendo borrada para siempre. Intento explicarme qué cúmulo de circunstancias nos ha llevado a esta situación, imaginarme en qué momento se claudicó. Ya nos costaba a muchos creer que se autorizara siquiera la construcción del Parador, pero el cariz que van tomando las obras supera la peor de las pesadillas.

Aún es hora de reconocer el error, de echar marcha atrás, de decir que esto no está siendo lo que en principio se pensaba, de pedir perdón y sin más dilación, tomar las medidas necesarias para recuperar lo que aún estamos a tiempo de salvar. No parar las obras supone la destrucción definitiva del castillo, de eso que la ley denomina «su carácter» y que no es otra cosa que su esencia. Conquistemos el Castillo de Lorca conociéndolo y haciéndolo nuestro, convirtiéndolo en referente de cultura, identidad y amor propio. Paremos su destrucción definitiva; que las distintas administraciones implicadas recapaciten. Que se honren con una rectificación, que no les recordemos por este desastre. Hay tantos modos de hacer de ese lugar un sitio bello, querido, respetable y respetado tantas y tan distintas tan lejanas del camino fácil que ha supuesto la perversión del monumento. Por nosotros, por las generaciones venideras, por nuestra Memoria Histórica, aunque suponga un desgaste del tipo que sea: que se de marcha atrás.

Joaquín Lomba Maurandi es profesor titular de Prehistoria de la Universidad de Murcia.

 
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