Aún no había caído la noche y los nervios se comían a los hermanos de San Pedro. No era para menos. Cada Martes Santo no se celebra una efeméride tan importante como es la conmemoración del 75 aniversario de una agrupación. Por eso, hasta que el capataz del trono no dio la primera campanada para mover a ese santo de rostro curtido por el salitre hasta el muelle Juan de Borbón los portapasos no se encontraron a gusto bajo las varas.
Tuvo que permanecer el trono un buen rato frente a los patrulleros abarloados en el muelle para que los cientos de invitados al Arsenal guardaran un silencio sepulcral. El cornetín de órdenes del piquete del Tercio de Levante mandó firmes y la banda atacó los primeros compases del Himno Nacional mientras los portapasos, aún con los nervios metidos en el estómago, volvieron a subir el trono que acababa de iluminarse.
Todos esos efectos -el encendido del trono con el arriado de bandera, la subida a pulso del estandarte con el toque de oración, la solemnidad del piquete - no hicieron más que realzar la gran noche sampedrista. La procesión se puso en marcha con retraso para acudir hasta la puerta de la residencia del vicealmirante jefe, Manuel Otero Penelas, donde, a las diez de la noche, Pedro Marina Cartagena recibió el tradicional permiso de un día tras escuchar una advertencia más larga de lo habitual. Los portapasos lo notaron.
Veteranos emocionados
Los sampedristas se tomaron su tiempo para el ceremonial. Los que más lo saborearon fueron los componentes del tercio de penitentes veteranos -José Luis Romero, Paco Escudero, Fulgencio Cervantes, Francisco G. Baleriola, entre otros, en las filas- que en una ocasión única como es el 75 cumpleaños de la agrupación volvieron a sentir la emoción de franquear el arco del Arsenal con el dulce agobio del raso negro del capuz pegado en la nariz. Varias agrupaciones, como la marraja de La Agonía, las californias de la Oración en el Huerto y la Cena, o la Cofradía de San Pedro de Alcantarilla, se sumaron a este homenaje con representación de penitentes.
También fue lento San Juan para salir del Parque de Artilleria, aunque por otros motivos. Un mal ajuste detectado en una vara, obligó a repasar todo el trono antes de ponerse en marcha. La operación se prolongó durante veinte minutos, hasta las nueve, momento en el que una guardia militar del Regimiento de Artillería Antiaérea arrió la Bandera en una plaza de López Pinto donde no cabía un alma. Hasta la entrada a la Serreta estaba abarrotada de público para ver el riguroso desfile de los sanjuanistas de oro y blanco, con su estandarte de terciopelo blanco réplica del que Consuelo Escámez convirtió puntada a puntada en obra de arte.
Tercio y trono de San Juan iban perfectos cuando pasaron por la puerta de la iglesia de la Caridad, donde realizaron su tradicional ofrenda floral a la Patrona.
Menos multitudinaria fue la salida de Santiago. Y también menos lucida, porque la estrechez del patio del Gobierno Militar sólo permite a unos pocos ver con todo lujo de detalles el vistoso arriado de bandera que los soldados y guiones del Regimiento de Artillería Antiaérea 73 protagonizan en el interior.
Esa falta de calor fue compensada con los aplausos que el público dedicó en la salida al tercio por la calle General Ordóñez. «A estos sí que da gusto verlos», decía una mujer mientras los penitentes de inmaculadas capas, sólo mecidas por el viento, doblaban la calle del Cañón en busca de la del Aire.
El encuentro previsto en la plaza de San Sebastián a las diez de la noche se retrasó otro cuarto de hora. Santiago llegó por la calle del Aire, como cada vez que montan un andamio en la de Honda; y detrás pasó San Juan. Sólo tuvo ocasión de recrear se unos minutos San Pedro, una vez que el grupo de acompañamiento del estandarte californio y los granaderos -también con grupo de veteranos por sus 75 años fundacionales- ya habían pasado por delante. Como es habitual, los portapasos del apóstol pescador bailaron el trono ante Capitanía. Allí alguien gritó: «¿Vivalsampedro!». Y el San Pedro cobró vida por la calle Mayor.