«¿Qué precioso va el trono, qué bien adornado de flores!», se escucha cada Martes Santo y cada viernes santo cuando la figura del apóstol San Juan, el Evangelista, atraviesa la calle Serreta llevada a hombros con fervor por los portapasos californios. ¿Qué secretos esconde el arreglo florar «a la cartagenera»? Alejandro Marín, florista, tenía ayer a mediodía la respuesta mientras, entre continuos grupos de procesionistas y curiosos, se afanaba en vestir de claveles blancos al San Juan en el Parque de Artillería.
«Lo primero que hay que hacer es preparar unos tacos de paja de anea, que se colocan sobre la estructura de hierro de las cartelas -los grandes candelabros-», que tienen esa forma circular tan característica en Cartagena. «Después -prosigue Alejandro-, para que no se vea el amarillo de las cartelas», se recubre la anea con unos papelillos blancos. Atravesando estos papelillos, hay entonces que prender, «pinchar» cada flor al taco de anea, como si fueran alfileres.
Pero, ¿qué cuidados y qué tratamiento hay que darle a la flor? Si de engalanar el trono se encarga una decena de hombres (los mismos que en el Gobierno Militar embellecen la imagen del Santiago), preparar la flor es cosa de las mujeres. «Tenemos a veinte mujeres en la floristería que se dedican a coger las flores, que van llegando desde una semana antes porque esto no se puede improvisar, y van cortándoles parte del tallo y poniéndolas en cajas», señala Alejandro, de Floristería San Francisco.
Rosas, orquídeas y lirios
Para el San Juan, que ayer fue cubierto por primera vez con un toldo durante los preparativos, los floristas tienen listas flores para amarrarlas con alambre a pinchos de acero de dos longitudes diferentes: 18 y de 11 centímetros.
¿Por qué se le deja este tallo? «Para que se vea que la flor va sobre verde, que es el tono de la naturaleza y el que hace que se vea como más viva», apunta Alejandro.
Anoche, el San Juan lució también en su trono claveles rojos en los laterales, rosas y algunas orquídeas en el frente y lirios o «calas» en la parte posterior. El secreto es que lleve flor abundante (sólo de claveles, lució 700 docenas), pero no demasiado recargada.
«Las procesiones se ven desde muchos ángulos, desde muchos puntos de vista. No sólo hay espectadores en las sillas y en las aceras, sino también en las ventanas, en los balcones y hasta subidos en un árbol. Hay que poner flores en todos los rincones del trono, para que no se le vea el chasis. Pero, a la misma vez, hay que llevar mucho cuidado para no ponerlas de forma que tapen la imagen, que es el punto donde se concentran las miradas», remata con conocimiento el florista, tirando de veteranía.