Al párroco de San Antolín, Rafael Ruiz, le dieron ayer una de las más gratas sorpresas de su vida. Porque entre el aluvión de fieles que se agolpaba en el templo para rendir honores al Cristo del Perdón, había un murciano anónimo, un hombre sencillo que, al llegar ante la talla, extendió su mano hacia el sacerdote y le pidió: «Por favor, dígame dónde está». El hombre era invidente y necesitaba la ayuda de una mano amiga que le acercara a los pies del Cristo. Y Rafael Ruiz, emocionado, cumplió con su deber. Sonaba al fondo, casi agarrada al inmenso dintel de la puerta y sobre un universo discontinuo de cabezas, la voz entregada de la saeta. A cada segundo crecía el número de fieles que se acercaban a la parroquia, cargados de niños y abuelos, quienes recordaban cuánto ha cambiado su vida y qué poco lo ha hecho este tradicional besapié.
El Cristo del Perdón, un año más, desciende sin que cese la marea humana que pronto llenó la plaza, el puesto de estampas, las callejuelas aledañas al templo y se extendía hasta las terrazas de la plaza de Las Flores, donde muchos celebran después el encuentro con esta antigua imagen que cada año atrae a más devotos.
«No me tienes que dar porque te quiera. Porque aunque lo que espero no esperara, Lo mismo que te quiero te quisiera», recuerda el hinmo. Acudieron a la parroquia el alcalde, Miguel Ángel Cámara, y los ediles Antonio González Barnés, Joaquín Moya-Angeler, Francisco Porto y Maruja Pelegrín, algunos rostros conocidos en el mundo cofrade antes que en el político. El castizo barrio parecía reventar ayer a la una de la tarde en una algarabía de peregrinos que entraban y salían de la parroquia. En el altar mayor, el presidente del Perdón, Miguel Rosique, no lograba esconder la alegría que le provocaba contemplar cómo se conserva en Murcia el cariño al Señor del Malecón.