Pilato recordaba ayer, con la voz entrecortada y el alma inquieta, con el eco fresco de dos milenios, que no encontró culpa alguna en Aquel que los hombres entregaban. De igual forma, ni un sólo murciano logró hallar,a la puerta de la parroquia de San Pedro, ni el mínimo desliz a la salida de los tronos de la Esperanza, en la partida de de la Pontificia, Real y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo de la Esperanza, María Santísima de los Dolores y del Santo Celo por la Salvación de las Almas.
Así comenzaba el desfile de Domingo de Ramos, donde se lució una espléndida Virgen de los Dolores restaurada. Siete pasos enarboló el cortejo verde y oro, la procesión que propone en tallas irrepetibles la entrada del que será Cristo en Jerusalén. Unas horas antes, cientos de nazarenos miraban al cielo preocupados, como si intentaran conjurar las nubes que se cernían sobre la ciudad.
Como si alguna vez hubiera esperado la salida de los tronos frente a la parroquia de San Pedro, recuerda San Juan en el Apocalipsis que «había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos»; una muchedumbre cargada de niños y abuelos, expectante ante la salida de los mismos tronos que, a lo largo de la mañana, ya lucieron espléndidos en la sede de la institución.
Estaba el templo cuajado de fieles, quienes, entre el incienso que teñía de pureza el ambiente, recorrían, uno a uno, las sagradas tallas. Un acierto de esta junta de gobierno. Entretanto, hermosa como nunca, la Virgen de los Dolores aguardaba su solemne salida por la puerta estrecha de la iglesia mientras, afuera, de nuevo clamaba la multitud por deleitarse con su presencia.
Parecía que esta Virgen de Salzillo, restaurada y resplandeciente por la túnica y manto bordados en oro, comenzaría a caminar en cualquier momento. Así se llevan los pasos en Murcia, ante la admiración de los extraños, y con la aprobación marcial de los militares de la base de Alcantarilla, Hermano Mayor honorífico.
Parte de San Pedro, en forma plástica, la Pasión de Cristo, que incluye el relato de la triple negación de San Pedro. Murcia tuvo el honor de presenciar en sus calles la misma escena en la talla del apóstol que eleva sus ojos suplicando perdón mientras a su derecha un gallo parece aguantar su cuarto canto.
Bullen las esquinas de la carrera, que marca sobre el plano de la ciudad el signo infinito, como el número de nazarenos que se santiguan a la espera de colocarse el capuz y ocupar su sitio en la fila, el mismo de sus padres, el mismo de sus abuelos nazarenos. Pasa el Nazareno y, a lo lejos, se adivina el estribillo de muerte de la banda de música. Y llega el titular, el Cristo de la Esperanza que cruza la plaza de las Flores, escenario nazareno por excelencia, entre una marea de túnicas de terciopelo.
Todo está cumplido. Sólo resta celebrar el emotivo encuentro con la Virgen, donde parecen despedirse hasta encontrarse, en apenas unos días, en el Monte de la Calavera. Crucificado y escarnecido podrá demostrar entonces al mundo que la muerte, por fin, ha sido vencida. San Juan, como testigo, prefiere alzar sus ojos al cielo para comprobar que la lluvia se resiste a enturbiar tanta devoción, tanto llanto contenido.
La carrera de la Cofradía de la Esperanza anocheció ayer a rebosar de murcianos deseosos de disfrutar de un cortejo que cada año crece. También admiraron el nuevo estandarte de la hermandad infantil, la nueva peluca de Jesús Nazareno y la maestría con que sus estantes alzaron los tronos al cielo, desafiando la lluvia y el temporal, como si de palmas se tratara y sin miedo alguno, cómo los mártires que saben en quién confían.