En una de estas catequesis andantes de la Semana Santa que es la procesión del Domingo de Ramos, alguien recordaba ayer cerca de la iglesia de Santa María de Gracias las palabras que enseñan cómo recibieron a Jesús en Jerusalén: «No hay soldados, sino niños; no hay ricos, sino pobres; no hay príncipes, sino pescadores y recaudadores; no hay aristócratas, sino mujeres sencillas». Ayer, en Cartagena, en la procesión de la Burrica, adelantada a las diez de la mañana por el temor a que lloviera por la tarde, no hubo agua, sino sol. Y Jesús llegó sin mojarse al templo, al Jerusalén de la calle del Aire.
«Pero si esto parece el carnaval», le comentaba un despistado chavalín a otro, nada más salir el cortejo, al ver la figura de Moisés y de otros personajes bíblicos, así como lo que para él era una caja pintada de color oro y no es sino el Arca de la Alianza.
El Antiguo y el Nuevo Testamento se fundían en la procesión california de los niños, para los que precisamente se hizo el cambio de horario.
Ni agua ni barro
No querían los directivos californios mezclar más ambos testamentos y que el diluvio universal (el aluvión de agua y barro que se esperaba para después de la tres de la tarde) coincidiera con la representación de la Entrada de Nuestro Padre Jesús en Jerusalén. Y lo consiguieron, porque no cayó ni una gota. Tampoco por la tarde.
Unos minutos después de que el mayordomo Francisco Candela mirara al campanario e hiciera un gesto para que los dos hombres encargados de la pólvora prendiera la mecha y los cohetes anunciaran el principio del desfile, las nubes pasaban por encima del edificio de la Económica. Pero la procesión también pasaba ya por la calle del Aire, y no dejó de pasar con ritmo uniforme hasta su recogida a las dos y cuarto de la tarde.
Los menores, muy despiertos, respondieron y demostraron lo aprendido en los ensayos. Hubo mucho orden en sus tercios, a pesar de que tres de ellos llevaron palmas y olivos (que bendijo el capellán de la cofradía, Andrés Vera) con la única compañía de unos tambores. El motivo fue, según explicaron fuentes de la hermandad encarnada, que las bandas de música contratadas para esos tres grupos tenían compromisos matinales en otros pueblos y no pudieron estar en Cartagena.
Juan Vilar, ¿sucesor?
También se echó en falta a procesionistas de barrios y diputaciones que no se enteraron del cambio de horario hecho el sábado. A pesar de todo, a muchos padres les gustó tanto la procesión que hablaban de proponer que en el 2008 salga por la mañana.
Entre los vivas los portapasos de Los Milagros de Jesús fue avanzando por el casco antiguo la procesión, presidida esta vez por el mayordomo principal, José Vilar. A él le cedió el puesto de honor el hermano mayor de la cofradía california, Juan Guillén, quien en su último año en el cargo hace de estas forma un gesto de reconocimiento público a la labor leal de Vilar en la cofradía.
En el mundillo cofrade, este gesto se interpretó como una señal de que Juan Guillén designaba simbólicamente a su posible sucesor.
Cuando los judíos ya habían dejado de tocar el Perico pelao, los granaderos arrancaban los aplausos en Puerta de Murcia. Por la calle Mayor, los turistas se preguntaban qué simbolizaban algunas imágenes, y los más avezados se contestaban leyendo las guías de mano elaboradas por el Ayuntamiento en español e inglés.
En las terrazas de la plaza del Rey y los alrededores, las aumentadas plantillas de camareros se afanaban en servir rápido las mesas. De momento, hacía sol, pero nadie aseguraba que no cayera un chaparrón de un momento a otro. Y había que hacer caja.
Pero el suelo de la ciudad no se caló, y aunque las rachas de viento llamaban a ponerse la chaqueta, en el Muelle tres sonrientes californios dejaban su insólita de procesionistas haciendo de marineros junto a la Nao Victoria.