No fue el pregón de ayer, como advirtió enseguida su autor, José Emilio Rubio, el relato cronológico de la salida a las calles de nuestras queridas procesiones, hechas a golpe de fervor y de arte, de siglos y de tradiciones, de ilusión y coraje. Se trataba de narrar «la expresión personal de una experiencia de Cristo sentida y vivida vistiendo la túnica penitencial o asistiendo al paso de los cortejos pasionarios que, en los días de las nuevas tecnologías, de las autopistas de la información, siguen siendo una valiosa manifestación catequética del misterio de Redención, expresión de fe renovada durante siglos, sacralización del espacio urbano durante los días de la Semana Mayor y muestrario del arte y la costumbre puestos al servicio de la religión». El mal tiempo no restó afluencia a la convocatoria de este acto nazareno.
Desbordado el templo de Santo Domingo, presidido el altar por el Cristo Yacente, que unos minutos antes fue traído por los hermanos blancos, como el color de las túnicas que enarbolan en la víspera de Domingo de Ramos, Rubio recordó que en aquella iglesia «nació la Cofradía del Santísimo Cristo Yacente y Nuestra Señora de la Luz en su Soledad».
Allí nació esta institución, además del entusiasmo de quienes la promovieron, por «la necesidad, proclamada desde las más altas instancias diocesanas, de puesta al día del movimiento cofrade». El pregonero glosó la figura de Francisco Salzillo, «la mañana espléndida de Viernes Santo», aquella procesión que recordaba como «el caminar cansino de un cortejo que se puso en marcha al alba». Rubio también evocó el color de su primera túnica nazarena, el que visten en la Archicofradía de la Sangre, «esa marea encarnada que tiñe la ciudad, que brota del templo y derrama sangre generosa».
Compromiso
Nostalgias de su infancia en la Salud y la Esperanza, donde se convirtió en estante, se alternaron durante su intervención con el recuerdo que «el nazareno es, ante todo, cristiano, y su pertenencia a una o varias cofradías ha de ser entendida como un compromiso con la Iglesia, de la que forma parte».
Nacido en San Nicolás y trasladado más tarde a San Antolín, el pregonero recordó otros detalles de su infancia, también relacionados con la Misericordia o el Rescate, a cuyos pies «se van acumulando muestras de dolor y de pesar, sentimientos de aflicción y de pena envueltos en anhelos de esperanza y rescate».
El pregonero, en las distintas partes de su pregón, no olvidó citar a ninguna de las cofradías que conforman la espléndida Semana Santa murciana, dedicando a cada una alabanzas, evocaciones, sentimientos, la voz entrecortada en algunos párrafos, como evidencia de que aquello que leía surgía de dentro, de las entrañas de un corazón nazareno.
Rubio Román reconoció que había escrito el pregón «teniendo muy presentes a familiares y amigos». Algunos de ellos «se han asomado esta noche a los balcones del Cielo para no perderse detalle, para asistir al anuncio de nuestras procesiones en boca de este pregonero». Y, realmente, si acaso se asomaron, mereció la pena escuchar a un hombre cabal resumiendo tanta pasión y fervor en unas cuentas cuartillas.
El pregonero concluyó su intervención animando a los presentes a vivir con intensidad las fiestas que se avecinan. «Abrid las puertas, salgamos a las calles, Murcia nos espera. Que cada cofrade cumpla su misión con fidelidad. Que cada procesionista ofrezca el testimonio indesmayable de su vocación nazarena». Concluía así un acto emotivo, intimista y nazareno, prólogo a los grandes días que se avecinan y sobre los que sólo planea el demonio de la lluvia.