Estoy ahí para ganar», ha dicho. Nadie está sólo para participar, que dicen que es lo importante. Participar es el trámite inexcusable para conseguir la victoria, tanto en el deporte como en la política. Hillary Clinton, que fue la primera dama de los Estados Unidos, lo que ahora desea es convertir a su marido en el primer caballero. Dicho de otro modo, lo que quiere es que a él le llamen Bill Rodham, que es su apellido de ella, tal vez un poco harta de ser conocida como Hillary Clinton, que es el apellido de él.
Ha empezado bien su carrera hacia la Casa Blanca no ocultando sus ganas de ganarla. «Si quieres tener fama de vencedor, no afrontes ninguna batalla que puedas perder», recomendaba Napoleón, que sólo en Waterloo olvidó tan sabio consejo. Los americanos creen que tiene posibilidades. Su más importante rival el Barack Ohama, senador por Illinois, que es negro. Sería la primera vez que una mujer o un negro entran en el despacho oval sin llamar a la puerta.
A Hillary la quieren en su poderoso país todos los que no la odian, pero no hay nadie que no le reconozca su gran personalidad. Es una buena abogada, buena madre y buena esposa. Supo perdonar, al menos externamente, a su marido. Adora a Bill, si bien no hasta el punto de hacerlo de rodillas, como la becaria Mónica Levinsky. En cualquier caso, cualquier persona que releve al inepto y jactancioso Bush será muy superior al presidente actual. «Con el dinero que se ha gastado en la invasión de Irak podría haberse terminado con el hambre en el mundo», ha dicho el último Premio Nobel de la Paz
Hillary tiene 59 años pero no representa más de 56. Una edad que si bien no es la más apropiada para la práctica de deportes rudos, es muy buena para la política. Con ella en Norteamérica y con Angela Merkel en Europa, podríamos saber por fin cómo sería el mundo si mandasen las mujeres.