Numeroso público pudo escuchar ayer, en la Plaza de Santo Domingo, gracias a la actuación de la banda de música de Guadalupe -bajo la dirección del maestro Ibáñez Barrachina-, fragmentos de La manta zamorana, La viejecita y Gigantes y cabezudos, tres de las obras más populares de Fernández Caballero.
El concierto homenaje fue una iniciativa de la Real Academia de Bellas Artes Santa María de la Arrixaca, que así quiso rememorar la figura del gran músico murciano, en el primer centenario de su fallecimiento. Pese a la casi total indiferencia que en los círculos oficiales murcianos ha transcurrido esta efeméride, otras ciudades sí la han, y, recientemente, el Teatro de la Zarzuela de Madrid, reponía, en su honor, su famosa obra La familia del capitán Grant.
«Hombre de talento»
La Academia de Bellas Artes se ha ocupado del músico, también con la edición de un libro, que esta tarde será presentado en sociedad, en el que se recogen, entre otros trabajos, las informaciones periodísticas de los momentos más emocionantes en los que Murcia homenajeó a Fernández Caballero: cuando ingresó en la Academia de San Fernando, en marzo, de 1903; en los actos celebrados en su honor pocas semanas después; y cuando falleció, en 1906. Su cadáver sería despedido «con un entierro multitudinario y con las calles llenas de un público deseoso de mostrarle su respeto», según afirma Gustavo Pérez Puig, para quien se trata de «un hombre lleno de talento, con una vitalidad fuera de serie y con una inspiración musical asombrosa». Para el desaparecido escritor Paco Alemán Sáinz, «hay páginas suyas que andan entre las mejores de la música española».
El también escritor José Mariano González Vidal, en un artículo publicado en La Verdad, en 1974, se preguntaba: «¿Cuantos murcianos recuerdan hoy a don Manuel Fernández Caballero? Los mismos más o menos que podrían tararear un fragmento de Los sobrinos del Capitán Grant, por ejemplo». Fue entonces -hace 32 años- cuando un concejal solicitó la recuperación del monumento, que se levanta en la Plaza de Romea que se encontraba, «partido en dos casi a raíz de su entronización».