«Reloj, no marques la horas», suena la canción, reclamando que el tiempo no pase y haya un presente eterno. Pues, como si estuviera empeñado en darle la vuelta a la letra, el cartagenero José Juan Aniorte acaba de comprar el viejo reloj del edificio Tárraga que, paradójicamente, él quiere hacer sonar después de años de silencio para congelar para siempre los sonidos que escuchaba de niño en el barrio del Molinete.
«Recuerdo que estaba con mi padre, Paco, en su tienda de ultramarinos de la esquina de Balcones Azules e Ignacio García, y de repente me decía: ¿Jose, dime qué hora es! -relata Aniorte-. Y, yo, como no tenía reloj de pulsera, me acercaba corriendo hasta la puerta de la pescadería Raja, en la calle Honda, y miraba al reloj del edificio Tárraga para ver qué hora era. Esa imagen y los sonidos de ese reloj se me han quedado grabados en la memoria. Ahora, quiero que esos sonidos que marcaron el ritmo de la vida de los vecinos de ese barrio vuelvan a escucharse», confiesa el que también es director gerente de la Escuela de Turismo de Cartagena y presidente local de la Asociación Española Contra el Cáncer.
De su bolsillo va a pagar José Juan Aniorte los 6.000 euros que cuesta el arreglo del reloj, que funcionó desde 1948 a finales de los 80 y está enclavado en el remate en espadaña del edificio que hace esquina en las calles Palas y San Francisco. En realidad, tras comprar el artilugio de un edificio que ahora está en restauración (dentro del Plan de Fachadas de la Sociedad Municipal Casco Antiguo), Aniorte va a costear la instalación de un sistema digital que garantice su buena marcha.
Los cuartos, entre grillos
«Además de una nueva instalación eléctrica, vamos a poner una batería que permite mantener activo el reloj durante diez días, en caso de que se vaya la luz», explica Aniorte, quien destaca que también se adaptará a los cambios horarios de invierno y verano. El viejo aparato funcionaba con pesas y había que darle cuerda de forma periódica para evitar que se detuviera.
«Va a sonar a las horas en punto, en los cuartos y en las medias. Y a las doce del mediodía tocará el Ángelus», adelanta el nuevo propietario de un reloj que pertenecía a Fermín Tárraga Clemente, dueño de la célebre tienda, también de ultramarinos, situada en los bajos del que en realidad es el edificio Dorda-Bofarull. Este inmueble fue construido en 1903, en estilo modernista, por Víctor Beltrí, el arquitecto que también firmó el Palacio de Aguirre.
Aniorte, que acaba de publicar un libro sobre el Molinete y sus gentes, vuelve atrás y recuerda que en el centro de Cartagena, Tárraga era uno de los comercios de referencia, como el supermercado de Pedro Guillén, que estaba en la calle Jara.
«En el casco, los sonidos que marcaban su vida eran los del reloj de Tárraga, la corneta de la patrulla de Capitanía cuando izaban y arriaban la bandera de España y el de los grillos de la plaza de San Francisco. Todo eso, que eran emblemas y señas de identidad de esta ciudad, han desaparecido ya», lamenta.
Muy lento
Aniorte vuelve a la historia del reloj de Tárraga y su definitivo parón. «Como los descendientes del propietario se fueron cada uno por su lado, el reloj dejó de llevar su dinámica diaria. Primero se paró a las 12 y 20, y luego a las 4 y 5. A mí me gustaría que volviera a tener vida y dinamizara el entorno del Molinete, que se está rehabilitando de forma muy lenta», comenta José Juan Aniorte.
Para este entusiasta de Cartagena no basta con dar nuevo aliento al reloj. Así que donará la maquinaria original a la Universidad Politécnica, que le buscará un hueco en el campus de la Muralla. «Yo soy un romántico y un nostálgico. Y, ahora que puedo, quiero hacer un gesto y devolverle al barrio y a las gentes humildes que me ayudaron a salir adelante algo que es suyo», confiesa Aniorte.