Medio siglo no es cifra baladí para un cumpleaños. Televisión Española (TVE), la que debiera ser la televisión de todos, cumple este 28 de octubre cincuenta años. Se ha tratado de una existencia procelosa, llegada ya la madurez, con altibajos, épocas mejores y peores, con sus éxitos y también con sus sonoros fracasos. Como en el discurrir de la vida misma de cualquiera de todos nosotros.
Por esa casa han pasado buena parte de los que hoy llevan la manija en eso de la comunicación audiovisual en nuestro país. No obstante, siempre se ha dicho que TVE ha sido inagotable cantera de profesionales que, una vez forjados, buscaron acomodo en otras cadenas tras su paso por la que les amamantó. Algunos hicieron esa traslación como gran negocio; otros, simplemente obligados por las circunstancias.
TVE llega a éste su cumpleaños sumergida de lleno en un profundo proceso de reconversión, reestructuración o transformación para unos, o de metamorfosis e incluso mutación para otros. Es evidente que el elevado déficit que soporta desde años atrás precisaba de un equipo cirujano que, ante la inacción de otros y dotado del pertinente bisturí, extirpase de cuajo lo que le pudiera estar asfixiando y conduciendo inexorablemente a la televisión pública a un proceso que, en cualquier empresa privada, constituiría cuasi bancarrota. Ni qué decir tiene que la gestión económica de Radio Televisión Española (RTVE), llevada a cabo en las últimas décadas por determinados y nada ejemplarizantes dirigentes de diversa procedencia y pelaje, jamás será modelo de estudio para el alumnado en las diferentes facultades universitarias de Economía y Empresa.
Con la entrada de 2007, un Expediente de Regulación de Empleo (ERE) llevará a la prejubilación a 4.150 de sus trabajadores, según han pactado sólo hace unos días la dirección, la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI) y los sindicatos. Mediante él, TVE se va a desprender, progresivamente, de gentes muy valiosas, de profesionales consagrados durante años a una empresa que les ha permitido subsistir dignamente y a la que han entregado lo mejor de su vida laboral. También es verdad que en ese grueso habrá algún que otro haragán, pero eso siempre suele pasar en cualquier colectividad que se precie. Quizá el criterio de prejubilar a los mayores de 52 años sea apenas una solución de recurso meramente vegetativo, «porque por algún lado hay que cortar», que decía aquel. Lo doloroso del caso es que con la pactada medida se van a marchar cantidad de profesionales que aún tendrían mucho que decir, tanto en la radio como en la televisión, y a los que su existencia en RTVE ya tiene fecha de caducidad. Ocurrió en anteriores regulaciones, cuando TVE y Radio Nacional de España (RNE) se desprendieron de hombres y mujeres a los que les salieron los dientes en estudios y redacciones, rodeados de cámaras, micrófonos, cables o mesas de mezclas y de los que tanto aprendimos. Sin olvidar a los compañeros en labores administrativas que también nos dejaron. Las condiciones económicas, antes y ahora, no son nada malas a decir de los que de ello saben. Me alegro por todos. Es lo menos que podría pasar. Mientras, en RTVE nos quedaremos los que, por esa misma cuestión de edad, habremos de completar el ciclo laboral hasta que, supongo, nos alcance la feliz jubilación. Es lo que esperamos y lo que nos debiera pasar en buena lógica. Entretanto, los que permanezcamos intentaremos, en la medida que se nos deje, sacar adelante esta empresa con la mayor dignidad posible, sobreviviendo a los agoreros que, durante todos estos 50 años de avatares diversos, siempre pulularon por los pasillos de la que desde el más profundo de los agradecimientos consideré, allí donde estuviera por razón de destino, mi auténtica segunda casa.