Así debieran llamarse todas las universidades del mundo. Y otro gallo nos cantara en el circo universal, donde adolecemos de tantas cosas importantes, desde la falta de libertad hasta la carencia del pan nuestro de cada día, cuyos protagonistas humillados y ofendidos viven tan cerca de nosotros.
A la hora circular de mediodía, ayer visitaba el despacho de un buen amigo y compañero, que trabaja mucho y bien por la cultura. Ubicado en recoleta plaza del centro de la ciudad, durante los minutos de agradable espera me dediqué a recorrer el edificio, que tantas evocaciones propiciaba. Y es que, cuando estaba todavía sin restaurar, en los comienzos de los años sesenta, tuve la gloria y el placer del primer éxito profesional, si modesto, pleno de satisfacciones vocacionales. La oposición de magisterio. Aprobada coincidiendo con mis juveniles veinte años y mientras estudiaba los primeros cursos en la Facultad de Letras de nuestra universidad.
Atienda el avisado lector que por entonces todos los graduados del primer escalón docente eran llamados maestros de enseñanza primaria. Un acierto y una premonición. Después serían denominados profesores de educación general básica, con evidente impacto de cursi horterada. Eran los inicios de nuestro desarrollo económico y Roscelino dejaba sentir su huella: puesto que todo es nominalismo, cambiemos los nombres de las cosas, para que cambien las apariencias, mientras permanece inamovible y retrasada la esencia. Dulce ironía, ciertamente.
Escuela de magisterio, en verdad. Con dos de las más hermosas palabras de nuestra lengua en simbiosis casi perfecta de maridaje profundo, pues que resulta imposible concebir la escuela sin magisterio. Y a la inversa, cuando se trate de hablar en serio y considerar con seriedad los graves problemas que afectan al devenir hominizable del ser humano sobre la tierra, que probablemente haya sido arrojado al azar en el mundo y entre las cosas, pero que necesita del trabajo en consuno de toda a tribu para educar como conviene a un solo niño.
En estos días de difícil encrucijada problemática, semeja que la palabra escuela haya desaparecido del vocabulario normal de las gentes, sustituída por colegio, que ofrece mejor tono. Y el magisterio se borró de los diccionarios, porque antes había desaparecido de las conciencias individuales y colectivas. Ahora conocemos como Facultades de Ciencias de la Educación los centros que antes fueron Escuelas de Magisterio, las cuales dieron paso a las Facultades de Pedagogía. Me resulta triste no saber definir con precisión qué sea eso de licenciado en Ciencias de la Educación, aunque pudiera estar hablando durante horas a propósito de lo que es y debe ser un cabal maestro de enseñanza primaria.
Apenas hace unos minutos he leído que dentro de poco se piensa celebrar el día de homenaje al maestro. Otra vez volvemos a las andadas, porque los más jóvenes de la tribu deben saber que hubo un tiempo infeliz y dilatado en el que todo el mundo hablaba del magisterio como nuevo sacerdocio, ponderando su dignidad y transcendencia universal, sin mayores preocupaciones porque vivieran con el reconocimiento que se ganaban todos los días.
Y puesto que todavía será tiempo para su estudio y realización, me place ofrecer tres ideas para que el maestro sea lo que debe, dignidad mediante, y nunca más resulte necesario celebrar el día de su homenaje caritativo, porque lo recibirán todo el tiempo al entrar y salir de clase, al convivir con alumnos nuevamente respetuosos y afectivos junto a padres que comprenden y agradecen, a la vez que charlan y departen con sus vecinos mientras fuman un cigarrillo y beben un vaso de buen vino, a la par que continúan enseñando, no importa si en la taberna, en la plaza pública o en los acogedores bancos de un jardín en la ciudad.
La primera es económica. Hay que proporcionarles un buen salario que propicie una vida discreta y cómoda. Todavía no lo tienen y será de justicia que lo reciban. La segunda, social y de reconocimiento público adecuado, que comienza en el respeto y termina en el amor, porque de la charitas agustiniana brota el impulso que conduce al magisterio. Y la tercera, pero no la menos importante, proporcionarles y exigirles una preparación rigurosa, porque su actuación es el eje de todo desarrollo individual y colectivo, que se cultiva en la libertad y cristaliza en la mejor de las convivencias posibles.
Así debemos hacerlo si así nos parece. Y entonces y por mor de la nostalgia que me invadió en hora circular, habrá de cumplirse con creces aquella nueva bienaventuranza que aprendí del mejor y más cercano de mis maestros: «Bienaventurados los que conocieron y guardaron maestros, porque nunca pretenderán poseer la tierra».