«Prefiero morir que emigrar de nuevo»

Dos africanos llegados a España en patera cuentan a 'La Verdad' cómo fue su travesía y cómo han conseguido establecerse en la Región

Kamagate pasea por los campos de Torre Pacheco en los que trabaja. /A. GIL
Kamagate pasea por los campos de Torre Pacheco en los que trabaja. / A. GIL
Marta Semitiel
MARTA SEMITIELMurcia

Salvar la vida. Seguir respirando. Aferrarse a actos ilegales para no morir. Buscar una oportunidad donde solo existe desesperanza, desesperación. Enarbolar la honradez cuando la única opción es delinquir. Para salvar la vida, para seguir respirando. Recorrer más de seis mil kilómetros en una misión imposible con un único fin: huir. De la guerra, de la muerte, de la corrupción, de la injusticia. Cruzar una frontera, otra, y otra, y otra más, y una última más. Sufrir extorsión, explotación, palizas, robos. Todo se consiente con un único sentido: poder llegar al mar que les separa de Europa. Y vivir para contarlo.

Este párrafo podría resumir la historia de los cientos de miles de rostros que adopta la inmigración. Pero la importancia de llamar a las cosas por su nombre es crucial para comprender el significado de las palabras. La inmigración se llama Bafemory Kamagate, un joven cuyos ojos han visto más horrores de los que caben en sus 20 años de edad. Un joven de Costa de Marfil que llegó a España en noviembre de 2016 y que, tras haber pasado dos meses en el CIE de Tarifa, ahora comparte habitación y vive "muy cómodo" en el albergue que la Fundación Cepaim tiene en Torre Pacheco.

Muy cómodo significa que la guerra no le despierta por las noches. Significa que ya no lo busca la milicia del líder opositor Outtara, vencedor en las últimas elecciones marfileñas. Significa que no tiene que caminar por un desierto plagado de cadáveres mientras sus amigos se desploman en la arena. Significa que no duerme en la calle con miedo a ser descubierto y lapidado por nigerinos radicales.

De niño soldado a soldador

Bafemory fue reclutado por el bando del presidente Gbagbo a los 13 años. "Me vistieron de militar y me dieron un arma. Si venían a buscarte, no podías negarte. Nunca maté a nadie. Mi labor era entrar en las casas de los simpatizantes del bando de Outtara y romperlo todo, meter miedo a la gente", recuerda con pocas palabras. Al año de ser un niño soldado, quiso huir de la guerra y emigró con un amigo a Mali, donde aprendió la profesión de soldador. "Estuvimos allí hasta 2015, cuando nos dijeron que la guerra se había acabado, y nos repatriaron".

Pero las caras de aquellos que siembran el pánico no se olvidan fácilmente. "Los seguidores de Outtara me reconocieron al volver. A los pocos días vinieron militares a buscarme. Me querían matar. No he pasado más miedo en mi vida. Les dije que no quería problemas y me pidieron que me fuera del país". Y lo hizo.

- Si pudiéramos echar el tiempo atrás, ¿volverías a irte de Costa de Marfil?

- No. Me hubiera dejado matar.

La pregunta se disfraza de diferentes formas durante la conversación, sin éxito. La misma respuesta emerge de su boca en su francés con acento africano. Una y otra vez, es contundente en su premisa.

- Pero estás vivo, estás bien, tienes trabajo. ¿No ha merecido la pena todo lo que has pasado hasta llegar aquí?

- Ha merecido la pena, pero no volvería a hacerlo. Si volviera a aquel momento, me dejaría matar por los soldados.

Marruecos: la puerta de entrada a Europa

El porqué a su respuesta se encuentra en el camino que le esperaba hasta llegar a España. De Costa de Marfil fue a Burkina Faso. "La primera etapa del camino la hicimos andando por un desierto durante dos días, sin poder parar. La gente intentaba comer y beber antes de salir, pero los que no podían se iban cayendo por el camino. No teníamos agua. Fue muy duro no poder hacer nada por ellos. Tenía que seguir caminando", en cada pausa su discurso se entrecorta. Le cuesta recordar la muerte desde tan cerca y ya tan lejos de aquellas dunas.

Recorrió Níger hasta llegar a Argelia, donde trabajó para ahorrar y poder pasar a Marruecos. Para ir a la frontera se organizaban por grupos de 15 personas, pagaban a un portador el importe equivalente a unos 50 euros por cabeza. Este los acercaba hasta el límite del país y allí los abandonaba. Una alambrada los separaba de Marruecos, la puerta de entrada a Europa. Bajo ella hay un túnel que comunica ambos territorios. Allí la suerte podía acompañarles, o no.

"La primera vez que intenté pasar, nos pararon los militares marroquíes, nos apuntaron con sus armas y nos pidieron todo lo que llevábamos encima si no queríamos morir. Me robaron en el equivalente a unos 1.500 euros que había ahorrado para pagar el pasaje a España. Y nos devolvieron a Argelia. Volvimos a intentarlo pasados unos días, un amigo pagó la tasa por mí, y entonces sí lo conseguimos", relata.

«O cruzo, o muero»

Al entrar en Marruecos encontró trabajo como soldador en Rabat. Durante tres meses desempeñó su profesión de forma ilegal. Le pagaban seis euros al día. Una cantidad que le sirvió para desembolsar alrededor de 500 euros al portador que les prebaraba el viaje a España. "Él se encargaba de comprar la embarcación y de acercarnos hasta la playa. Algunos de ellos se montan con el grupo en la barca y otros no", cuenta. Una experiencia que también tuvo que repetir dos veces: "En el primer viaje conseguimos llegar a aguas internacionales, pero la marina de Marruecos vino a buscarnos y nos llevó de vuelta. La segunda vez, lo conseguimos".

- ¿Qué pasaba por tu mente mientras ibas en la patera?

- O cruzo, o muero. Era mi única salida.

Salvamento marítimo los recogió antes de llegar a costas españolas. Durante tres días y tres noches, el grupo de 11 personas que viajó en aquella embarcación estuvo encerrado en un calabozo de una comisaría de Tarifa. Después lo trasladaron al CIE, donde pasaron dos meses "como presos". El joven recuerda esta etapa como una de las más duras, "porque después de todo lo que viví, te machacan psicológicamente cada día diciéndote que te van a deportar a tu país. La simple idea de tener que volver o repetir todo el viaje, te da ganas de morir", sentencia.

- ¿Qué sientes cuando piensas en Costa de Marfil?

- Creo que todo el mundo ama su país. Yo amo Costa de Marfil, pero a veces tienes que abandonar tu tierra porque no tienes otra opción. Eso siento.

La inmigración en cifras

Kamagate ha solicitado asilo político al Gobierno español. Como él, en 2017 demandaron la misma protección 684 inmigrantes. Una cifra que creció casi un 150% respecto al año anterior y que, según datos de Delegación de Gobierno, se multiplicó por ocho en solo tres años: en 2014, los solicitantes de asilo apenas sobrepasaban las 80 personas.

El aumento de estas demandas va de la mano de la oleada de inmigrantes que llegaron a la Región en los dos últimos años: el número pasó de 529 en 2016 a más de 2.089 en 2017. A pesar de los números, Juana Rui, coordinadora del centro territorial de Cepaim en el que vive Kamagate, asegura que "no es muy frecuente que los inmigrantes pidan asilo. La mayoría está un tiempo con nosotros y luego se marchan con sus familias o conocidos".

Las solicitudes tardan unos tres meses en admitirse a trámite y entre seis meses y un año en resolverse por completo. Si el Gobierno estatal denegase el asilo a Kamagate, la resolución vendría acompañada de una orden de salida obligatoria del país. En tal caso, "podría recurrir y solicitar una medida cautelar para suspender la salida, para que el joven no pueda ser expulsado de España mientras se resuelve de nuevo el recurso", asegura Jawad Romaili, abogado y coordinador de la sección de Extranjeria y Asilo del Colegio de Abogados de Murcia.

Para que el Gobierno conceda esta protección internacional "es necesario acreditar la causa de persecución que se alega, el problema es que en la mayoría de casos faltan pruebas", continúa Romaili. Si la resolución fuera favorable, Kamagate podría residir legalmente en la Región durante tres años, "cumplido ese tiempo, se revisaría si la causa persecutoria persiste", concluye el abogado.

El sueño de Kamagate

Una fotografía vestido de militar con 13 años y con un arma en la mano ha sido el único indicio de persecución política que ha podido presentar el marfileño junto a su petición. Mientras su solicitud se resuelve, un permiso de residencia le deja vivir en la Región. Cada día se levanta a las cinco de la mañana para ir a trabajar en los campos de Torre Pacheco. Su contrato de trabajo varía en función de la temporada y los días: no le permite solicitar un permiso de residencia de larga duración.

La juventud de Kamagate huyó, de forma ilegal, durante más de 6.000 kilómetros. Una huída de la miseria que duró nueve meses, más dos encerrado en un CIE. Por el camino perdió amigos, perdió inocencia, si todavía le quedaba; perdió esperanza, dinero, salud. Sin embargo, sigue conservando un único sueño: "Trabajar y formar una familia, es lo único que deseo".

- ¿Aquí en la Región, o te planteas ir a otro sitio; a Francia, por ejemplo?

- No, no, no, no. Yo ya no me muevo más. Lo último que tengo son ganas de cruzar otra frontera. Me da igual que allí se hable francés. Lo único que quiero es dejar de ser una persona sin papeles. Yo buscaba una oportunidad de salvarme y trabajar. Y aquí la tengo, así que voy a aprender español. ¿Para qué seguir a otro país en el que no tengo nada ni a nadie? No. Yo de aquí ya no me muevo.

Una mafia de captores mauritanos

La historia de Mamadou Bamba Cissé es muy diferente. Hace más de 11 años que este senegalés llegó a España. "Yo veía a algunos vecinos que volvían de Europa y eran muy respetados, enviaban dinero a sus familias y podían comprarse fincas y casas; y yo quería lo mismo para mí. Así que cuando vinieron a mi ciudad a captar viajeros para embarcar a España, no me lo pensé dos veces".

Mamadou Bamba sonríe en mitad de la plaza Santo Domingo, en Murcia.
Mamadou Bamba sonríe en mitad de la plaza Santo Domingo, en Murcia. / MARTÍNEZ BUESO

Invirtió los ahorros de sus últimos cinco años de trabajo como tejedor de alfombras, un montante que ascendía a 800 euros, y viajó a Mauritania con trece senegaleses más. Allí les habían prometido "coger un barco grande. Nos decían que era una especie de yate que tenía hasta habitaciones. Nos lo pintaron todo color de rosa y en realidad eran una mafia".

Y le engañaron. "Cuando llegamos a Mauritania nos dijeron que teníamos que esperar, porque justo en ese momento no tenían ningún barco disponible. Nos separaban en grupos de 40 personas y nos metían en casas, a esperar. La mayoría volvían a su país una vez que aceptaban el engaño y veían que el viaje prometido no era cierto". Pero Bamba se quedó: "No podía volver a casa con las manos vacías. Quería mi viaje o mi dinero".

Cinco meses en el limbo

Cinco meses tardó Bamba en salir de Mauritania. Cinco meses en los que le dio tiempo a conocer cómo funcionaba aquella mafia. "Allí no paraba de llegar gente engañada como yo. De cada ocho grupos que formaban, uno tenía la suerte de pasar. Vi muchas cosas en esos cinco meses, familias enteras que lo habían perdido todo, hipotecaban sus casas y sus bienes para poder pagar un trayecto que no realizaban".

Tres veces le prometieron un lugar en una embarcación y tres veces lo engañaron. Sin embargo, la astucia del senegalés le hizo encontrar una forma de que los mafiosos lo escucharan: "Empecé a buscar personas en la misma situación que yo y los traía a la casa en la que yo estaba, que casualmente era de la hermana de uno de los captores. Pensé que comiéndole la cabeza a su hermana y originándole cada vez más gastos, nos darían un sitio en un barco". Y así fue.

El día de embarque, el yate prometido no estaba en la arena. En su lugar había una barca de madera hecha a mano, de 18 metros de largo. En ella montaron 52 personas.

Seis días en el «infierno»

Bamba recuerda que cumplió 25 años durante su travesía por el mar. Al tercer día de partir desde la costa mauritana, todo empezó a ir mal. "No teníamos agua para beber, estábamos perdidos en el Atlántico", recuerda. Nueve personas de aquel cayuco murieron intentando llegar a las Islas Canarias. "Algunos simplemente se caían de repente hacia dentro de la barca, otros saltaban al mar por las alucinaciones que les provocaba estar tanto tiempo sin beber y en la misma posición, sufriendo el sol y la sal".

Cinco noches y seis días duró aquel viaje que Bamba recuerda como "un infierno". Nunca una playa ha sido tan parecida al paraíso como la arena que pisaron al llegar a Las Palmas de Gran Canaria a finales de julio de 2006. "Nos internaron en un CIE, en el que estuvimos un mes. Vino a visitarnos incluso el presidente José Luis Rodríguez Zapatero con su protocolo", dice entre risas. Al salir del centro, un avión del Gobierno los trasladó a Madrid, donde pudieron llamar a sus amigos o familiares. "Así fue como llegué a Murcia", cuenta.

«Jamás volvería a subirme en una patera»

La suerte sonrió a Bamba cuando una trabajadora del centro Jesús Abandonado le ayudó a conseguir un trabajo como limpiador de coches en un taller de El Raal. Unos años después, su jefe le hizo un contrato con el que ha podido pedir un permiso de residencia. Ahora estudia para tener el carnet C+E, con el que podrá conducir tráilers. De momento vive con otros cinco inmigrantes en un piso compartido, pero asegura que ha conseguido "ser alguien respetado en mi país cuando vuelvo de visita. Les envío mucho dinero y he comprado muchos bienes allí".

- ¿Volverías a repetir tu viaje?

- No. Jamás volvería a subirme en una patera. Los errores no se repiten dos veces. Yo pensaba que con unos tres o cuatro años viviendo aquí, podría ganar lo suficiente para volverme a Senegal, pero cuando eres una persona ilegal es mucho más complicado. Es un callejón sin salida. Hay que cumplir unas normas y pasar un proceso para poder trabajar que no todo el mundo consigue. Si hubiera sabido lo que me iba a costar, hubiera intentado venir de forma legal, cogiendo un avión y con un permiso de trabajo.

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