La Verdad

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Una de las compuertas por las que se deriva el agua de la acequia menor Almohajar a un brazal que riega los huertos de uno de los propietarios de esta zona. / Guillermo Carrión

Arterias de la alquería Almohajar

  • Itinerario guiado por algunos de los tramos inalterados de las acequias de Era Alta y las vidas de sus gentes

Desde los centros de cultura de Era Alta y San Ginés, dos pedanías de la zona Sur del municipio de Murcia, se han empeñado en hacernos conscientes de la importancia de valorar la riqueza cultural, natural y paisajística de un sistema de regadío que hoy yace en buena parte bajo capas de asfalto y hormigón, pero que ha oxigenado desde tiempos remotos el corazón de la huerta.

Con la ayuda del fotógrafo Frédéric Volkringer, autor de la exposición 'Assáqya. Acequias de la Era Alta y San Ginés', y el desarrollo de tres itinerarios didácticos por los cauces de ambas pedanías, proponen conocer unos canales que fueron diseñados por el hombre (los primeros vestigios encontrados son de origen romano) y que hoy, con la pérdida de su relevancia económica, que no social, deben apreciarse y conservarse por su enorme valor histórico, cultural, patrimonial y medioambiental.

Así que, pese a la ateroesclerótica situación en la que se encuentran, acudimos a una visita guiada por Tomás García, para conocer algunos de los puntos más singulares de esta red de riego. El recorrido comienza en el Camino de Barreras, muy cerca del cruce con el Camino Hondo (Era Alta), en el partidor donde la acequia mayor Barreras o Alquibla (riega la zona Sur) reparte su caudal con la acequia Almohajar (nombre de origen árabe que significa la vía) y Albalate. Allí, muros de enormes sillares y tapial construyen un sistema que permite distribuir el agua para canalizarla equitativamente por las tierras de la fértil vega murciana. Este punto, que debió ser un vergel, conserva hoy los tocones de árboles (la mayoría moreras) que nadie sabe por qué fueron talados (salvo que el único deseo fuera degradar el espacio) y cuya sombra impedía hasta no hace mucho la proliferación de cañas y ofrecía un lugar de esparcimiento a los huertanos.

La falta de respeto a normas seculares impide hoy caminar bajo los bosques de ribera que crecen en los quijeros de la acequia Barreras, espacios que debían de ser caminos públicos e itinerarios ecoetnográficos ideales para comprender el ecosistema que se fraguó en torno a estos cauces y que aminoraban la fosca y el bochorno habitual en estas latitudes; y para conocer cómo nuestros antepasados extrajeron los mejores frutos de estas ricas tierras. Sin embargo, apropiaciones ilegales y vallados lo impiden.

Este enclave histórico -su existencia está ya reflejada en el Libro del Repartimiento de Alfonso X (s. XIII)- se conocía como la alquería Almohajar, dotada con la mezquita Alquivir, y el nombre Barreras lo tomó por las numerosas paradas que tenía para dotar de la suficiente potencia al agua para que moviera las muelas de los molinos que estaban en sus aledaños. «Hasta 180 molinos llegó a tener censados la Huerta de Murcia», explica el guía.

Tras visitar el partidor, el camino discurre por la margen izquierda de la acequia Almohajar, por el camino Hondo que va en paralelo. Huele a higuera, se ven todavía crecer saludables olmos, álamos negros y plateados que atraen a la fauna. De hecho, una pareja de ánade azulón nada tranquilamente por uno de los tramos de cauce más frondosos.

La ruta pasa junto a una de las pocas bardizas -valla de cañas- que quedan en este territorio eminentemente rural, junto al Camino Hondo que, «en el siglo XIV y XV fue una de las principales vías de comunicación con Lorca», ilustra Tomás. Y recuerda que estamos en territorio eminentemente musical y que, junto a Nonduermas y Pedriñales, contó hasta principios del siglo XX con cuadrillas de auroros muy conocidas. Aprovecha entonces para sacar una castañeta (un instrumento de percusión hecho con una caña), que María Dolores Moreno se lanza a tocar. «Solo un ejemplo de los múltiples usos que tuvo la caña durante siglos y hasta hace tan solo unas décadas», apunta el guía.

Recuerda entonces, María Dolores, en uno de esos rincones bucólicos que todavía conserva esta acequia que, cuando era niña, el agua venía cristalina: «Te estoy hablando de hace 60 años». Ya en la calle Poeta Vicente Medina, junto a otro partidor en el que la acequia deja de estar a cielo abierto, recuerda también que, de niña, iban con las tablas y los lebrillos a lavar la ropa a la acequia; «también fregábamos los cacharros; y había peces y anguilas. Nos las comíamos después de 'esollarlas'», cuenta junto al partidor del Parrica.

Hoy el cemento despide un calor abrasador, pero María Luisa explica que allí había una acequia con árboles muy frondosos. «Era un rincón precioso hasta hace muy poco. Y, al final, estaba el Molino Grande. Era donde más limpia estaba y aquí se recogía para beber. En el partidor del Molino había hasta peleas con azadas por el reparto del agua». Hoy, un cartel sobre la puerta recuerda que hay que cumplir religiosamente las tandas de riego y cómo deben de ser.

El itinerario sigue por la calle Dr. Fleming, conocida antiguamente como la media calle, «la otra mitad era la acequia y la atravesaban puentes que eran los accesos a las casas», recuerda María Luisa, cuyos abuelos vivían en Era Alta. La gente fue poniendo las puertas al lado de la calle y cubriendo la acequia para ampliar sus casas. Al final de esta 'media calle', cojan la calle Mayor a la izquierda y continúen por Médico Luis Conejero para llegar a otro de los preciosos rincones que atesora la acequia Almohajar, con huertos tradicionales cerca y abundante vegetación de ribera. Jardines de otoño que hoy, junto a una casa semiderruida, conservan el encanto de lo que estas tierras fueron. De cuando las caracolas anunciaban la llegada de las temidas riadas y se usaban para dar la cencerrada a una viuda y un viudo que se casaban. Antiguas tradiciones que, si la divulgación y el conocimiento no lo remedian, acabarán perdiéndose en el olvido.