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Estrecho de la Agualeja, con las paredes cubiertas de musgo y líquenes. / Guillermo Carrión

En las playas tropicales de Espuña

  • Un viaje sorprendente al pasado geológico de las estribaciones sureñas de la sierra

En las estribaciones sureñas de Sierra Espuña se levanta, imponente, el pueblo encastillado de Aledo. Visitarlo, si no se conoce o si se tiene tiempo, es imprescindible y supone poner un pie en la historia: en su Torre del Homenaje, hoy centro de interpretación, escribió una de sus famosas partidas el rey Alfonso X El Sabio. Sin embargo, la actual fisionomía de este enclave humano se remonta al siglo XI y tiene origen islámico, una fortaleza defensiva para controlar el paso del Levante hacia tierras granadinas.

Pero la visita que hoy proponemos sugiere a los paseantes un viaje mucho más atrás en el tiempo, a hace entre 11 y 7 millones, cuando la fuerza de las aguas de un poderoso caudal esculpió el promontorio sobre el que se erige Aledo y dio lugar al Cabezo del Molino, fruto de la acumulación de material en lo que fue un delta. Estas tierras fueron playas tropicales plagadas de arrecifes coralinos y vida marina, que hoy les proponemos recorrer y descubrir en dos puntos que están declarados Lugar de Importancia Geológica (LIG) y en los que el agua tuvo y sigue teniendo una importancia vital: el Estrecho de la Agualeja y la Cueva de Matua.

Al primer punto, sorprendente y mucho más conocido que el segundo, se llega (desde Aledo), tomando la carretera hacia Nonihay (RM-C21), cogiendo una bifurcación a la izquierda (indicada con un cartel) que hay antes del punto kilométrico 2. El coche se deja en el área recreativa y la zona ofrece la posibilidad de seguir un itinerario de unos 2 kilómetros que parte antes del puente que da acceso al área recreativa. La primera parte les lleva por la parte alta del estrecho de la Agualeja, desde donde se aprecia la profunda galería que las aguas han ido excavando a lo largo de los siglos. También se ven surgir de la húmeda herida de la roca almeces, higueras y algarrobos cuando se cruza sobre este espectacular tramo medio de la rambla de Lébor por un puente instalado a tal efecto. La ruta continúa hacia la derecha cuando se bifurca y, por unas escaleras, en las rocas junto a las que se pasea se pueden ver los restos de fósiles marinos que habitaron estas tierras cuando eran profundos fondos marinos, pero también corales de cuando, unos millones más adelante, las aguas se retiraron en parte y la zona se convirtió en área de playas tropicales llenas de vida.

Junto a unos enormes algarrobos, está la entrada a este santuario natural en el que la huella de la fauna del pasado geológico de la zona, la vegetación pasada y la actual, y el agua se han aliado para construir bellas formaciones en las que el carbonato cálcico ha sido la materia madre.

Nada más acceder a la boca del estrecho, la temperatura desciende varios grados y, según van internándose en el laberinto de piedra, la humedad crece, el sonido del agua se incrementa y las redondeadas paredes se van alfombrando de musgos y líquenes. Si llevan calzado que les permita meter los pies en el agua, podrán llegar hasta el final de este impresionante estrecho; si no es así, se quedarán con las ganas, porque las lluvias recientes han dejado filtraciones suficientes para que el agua cristalina llene las pequeñas pozas y les obligue a darse la vuelta. Hagan lo que hagan, no dejen de volver a la boca del estrecho y observar los restos de la balsa en la que durante siglos se fue acumulando el agua que los habitantes de estos pagos extraían mediante lumbreras de la tierra para regar las fértiles huertas de la zona, también, mediante un sistema de canalización, del propio estrecho. Unos metros más abajo, por la margen izquierda, un acueducto atraviesa la rambla y muestra cómo este agua se distribuía para alimentar los cultivos.

Igualmente, en los taludes de la rambla se puede observar la erosión alveolar de las paredes, otra huella de la fauna que habitó en el pasado esta playas tropicales.

En la vertiente este del Cabezo del Molino, un cerro rojizo formado por la acumulación de los arrastres en un antiguo delta, se encuentra el otro sorprendente LIG que les proponemos visitar: la Cueva de Matua. Para visitarla tienen que llegar a Patalache, un conjunto de casas a las que se accede por la RM-C21 en dirección a Aledo y cogiendo un desvío a la derecha por una carretera que encontrarán pasado el punto kilométrico 1. Entre dos casas de Patalache, una de ellas La Tejera, se desciende sobre unas rocas formadas en las antiguas areniscas costeras y que está trufada de fósiles marinos. Se baja hacia la rambla de los Molinos, a la que dan nombre las hasta 11 infraestructuras de este tipo (Nuevo, Cavero Chancla, Ramos, Chiquito, Alto, Mora, Segundo, Primero, Tello, de la Huerta), algunas de ellas levantadas en la baja Edad Media. La primera de ellas, en la cabecera de la rambla y la más moderna, se construyó a mediados del siglo XIX. Es el molino Nuevo de Patalache, visible desde la carretera por la que se accede a este punto, y cuenta con un acueducto de un ojo que conducía el agua de la fuente del Río hasta el cubo (circular), cuya altura daba la fuerza suficiente al agua para mover las muelas. Hoy, desgraciadamente, el edificio se encuentra en estado ruinoso.

Sobre la pared sur del acueducto, podrán observar una roca de travertino, formada por las precipitaciones de carbonato cálcico. Si descienden por la margen izquierda de la rambla, deberán ir pegados a un pequeño brazal por el que circulaba seguramente el agua que salía del molino y, a la altura del caz y boca de cubo de otro molino, girar 180 grados para internarse, pegados a la pared y entre una densa vegetación en la Cueva de Matua. Cascadas, raíces, hojas y troncos petrificados decoran este espacio natural en el que los procesos geológicos han conservado el pasado vegetal de la zona. Por desgracia, algunos desaprensivos arrancan parte de estos testigos del pasado y la zona, mucho más seca, ha paralizado estos procesos petrificadores.

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