La Verdad

Viaje a la Caravaca del XVIII

San Eloy, imagen para vestir de Francisco Salzillo para la iglesia de San Bartolomé (Murcia).
San Eloy, imagen para vestir de Francisco Salzillo para la iglesia de San Bartolomé (Murcia). / Guillermo Carrión
  • Un recorrido por la huella que la pujanza de la Encomienda en tiempos de Salzillo dejó en la arquitectura civil y religiosa

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La de hoy es una ruta urbana con 'Salzillo y Caravaca de la Cruz' como eje rector. Seguimos la huella de la arquitectura civil y religiosa que la pujanza económica de la Encomienda santiaguista de Caravaca dejó en el siglo XVIII, el Siglo de Oro murciano, la plenitud del Barroco. La villa es entonces destino de familias nobles de todo el Reino. Linajes nobiliarios que se unen con las más adineradas familias de la localidad y son el motor del arte religioso que saldrá de los talleres de la escuela de Francisco Salzillo y su aventajado discípulo José López. Con Indalecio Pozo, director del Museo de la Vera Cruz y comisario de la exposición, como guía de lujo, hacemos una aproximación a la Caravaca que los coetáneos de Salzillo recorrieron.

El itinerario comienza por la antigua Iglesia de la Compañía de Jesús, en la calle Mayor, arteria principal en la que confluyen los cuatro grandes caminos: el de Alcaraz y Villanueva de los Infantes, Andalucía Oriental, Lorca y Murcia. Construido entre el XVI y el XVIII, fue abandonado por los jesuitas antes de que acabara el siglo y hoy es el centro cultural que acoge la exposición de la Fundación Cajamurcia hasta el 28 de mayo. La muestra recibe al visitante con obras de Ginés López, padre del caravaqueño discípulo de Francisco Salzillo, y también aprendiz de otro Salzillo, en este caso Nicolás. El visitante podrá ver la talla de San Judas Tadeo de Salzillo padre y las del Niño de la Virgen del Rosario, de Ginés López. La muestra sirve en bandeja al visitante la posibilidad de comparar la maestría escultórica de Nicolás Salzillo, Francisco Salzillo, Ginés López y Roque López con sus San José. Una misma advocación con un resultado iconográfico diferente.

La misma comparación la podrán hacer los amantes del arte religioso con la Virgen de las Angustias de Francisco Salzillo, José López y su discípulo y continuador de la escuela salzillesca Marcos Laborda. Sin duda, una oportunidad única.

Junto a piezas magistrales de Salzillo, como el San Juan y La Verónica, se exhiben también la Inmaculada de José López para el Paso Azul lorquino y la de Fernández Caro -otro eslabón de la tradición escultórica murciana-, una doliente Dolorosa de Marcos Laborda y su Niño Pastor. Curiosos son los documentos históricos, entre los que figuran el contrato de aprendizaje de López y Salzillo padres, y el de los hijos de ambos (José y Francisco); la inscripción de Francisco Salzillo en el libro de vencindario de Murcia (1756): «Casado, con una hija, una criada y un aprendiz mayor de 18 años»; el testamento de José López o las ordenanzas del gremio de plateros, alquimistas y vaciadores de cruces de Caravaca (1766), que certifica la importancia de este comercio para la villa -ya en 1642, un platero de Caravaca vende 6.000 cruces a otro de Murcia, ilustra Pozo- y que adquirió un nuevo significado cuando Carlos III declara honestos y pilares de la prosperidad algunos oficios mecánicos hasta entonces viles.

El recorrido urbano tiene la primera parada en la calle de las Monjas, donde está la sede de la Cofradía de la Santa Cruz, antigua casa de Musso Muñoz de Otálora, cuya rejería y escudos de armas presiden la entrada principal desde el XVIII (merece la pena entrar y admirar el patio porticado). Volviendo sobre sus pasos y rodeando la iglesia de El Salvador, cuyo último cuerpo de la torre y retablo son también del XVIII, asciendan por la calle Gregorio Javier, donde se encuentra la Casa del Conde de Reparaz o Casa de la Torre; está también la Casa-Museo de los Caballos del Vino, con sus característica fachada de ladrillo visto y entrepaños de mampostería y tapial, además de su balconada central, que fue la casa de la familia Musso Muñoz Melgarejo.

Bajando por la estrecha calle Nueva se vuelve a la Mayor y, hacia su derecha, volverán a pasar por el, tristemente, clausurado Convento de las Carmelitas Descalzas, antes de llegar a la Casa de la Tercia, centro económico de la Encomienda santiaguista que más contribuía al sostenimiento de la orden, con portada labrada a principios del XVII y fachada y escudo del XVIII. Ya estarán en la calle del gran retratista y pintor de la Corte Rafael Tegeo. Caravaqueño, nació a unos pasos del almacén en el que se pagaban los diezmos, en 1798. Era la Casa de Diego Uribe, marqués de San Mamés. Al lado, encontrarán la Casa de la Virgen (de las Angustias), del regidor de origen granadino Andrés de Quesada y cuya fachada preside la imagen con la que, junto al vicario Pedro Becerra, promovieron las celebraciones del Miércoles Santo. Ejemplo de la arquitectura civil, hoy se desmoronan sus aleros porque el proyecto hostelero previsto se evaporó con la burbuja. Desde la calle Corredera, se ve la Casa de los Jover (en Poeta Ibáñez) y un poco más adelante la iglesia de la Concepción, cuya sacristía, en la calle Arzuvi, se amplió para dar servicio a la población creciente. Dentro, su retablo mayor es obra de Blas Sáez, que trabajó para otros templos del Noroeste.

Al fondo de la Corredera está el Templete, un incipiente neoclasicismo con tintes barrocos, en el que se celebra cada 3 de mayo la bendición de las aguas. Pegado a este lugar principal en las Fiestas de Mayo, está la Casa de Cultura, antiguo Hospicio de Los Jerónimos con detalles dieciochescos.

Antes de subir al Castillo y admirar la portada barroca de la Basílica-Santuario de la Vera Cruz, financiada con recolectas de limosneros por todo el Reino, accedan a la plaza del Arco por la entrada principal de la villa, la calle Puentecilla, y verán la fachada del Ayuntamiento, obra de Jaime Bort; a la izquierda, el almudí o alhóndiga; y, a la derecha, la cárcel del partido, conjunto arquitectónico del XVIII. Ahora ya pueden subir para terminar de ganar el Jubileo, antes de regalarse una buena comida.