La Verdad

Un tesoro natural surcado por galerías

fotogalería

Pilar Sánchez en una de las enormes galerías mineras con tonos violáceos y rojizos del almagre. / Guillermo Carrión

  • La Sierra de Almenara permite conocer la vida silvestre y explorar el intenso pasado minero

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A paso de tortuga, con pies de plomo y ojos de búho, hoy les propongo que se internen, siempre con expertos, a explorar las minas de Villarreal, un laberinto de túneles que horada la Sierra de Almenara, ahora cubierta de flores y plena de vida en esta primavera adelantada. El itinerario combina un paseo a cielo abierto disfrutando de los valores naturales y paisajísticos de este rincón lorquino de la diputación de Purias, con un recorrido por algunas de las galerías que surtieron principalmente de hierro, aunque también de plomo, desde el último cuarto del siglo XIX hasta 1960.

La ruta comienza en una rotonda que hay en el interior de Lorca Golf Resort, que el pinchazo de la burbuja inmobiliaria dejó a medio gas, pero cuyo campo de golf, en estas fechas, está atestado de extranjeros que acuden a mejorar su hándicap al tiempo que se tuestan al sol. Deberán pasar el restaurante de la urbanización, con vistas al campo de juego y, junto a la siguiente rotonda, dejar el coche y comenzar la ascensión por una pista de tierra que les conduce, junto a la tolva y entrada principal del grupo de minas de Villarreal, conocido oficialmente como Grupo Ramona, a una enorme bocamina (a la derecha del sendero) frente a un profundo pozo (a la izquierda del sendero) de descarga de mineral a niveles inferiores.

Acompañados por miembros de la Sociedad Murciana de Mineralogía (SMM), accedemos al interior por una bocamina situada junto a las ruinas del antiguo polvorín. Pertrechados de casco, frontales, rodilleras, guantes e hilada para garantizar la seguridad de la expedición, se inicia el descenso a las entrañas de la tierra dirigidos por Juan Luis Castanedo y Pilar Sánchez, con la ayuda de Pedro. Impresionan, nada más entrar, las dimensiones gigantescas de las galerías, así como las tonalidades del almagre, que tiñen las paredes excavadas de tonos violáceos, naranjas rojizos y rosas intensos, por algo fue uno de los principales productos usados por el hombre primitivo para pintar. También hay en el interior de la mina muros de ocre, un óxido de hierro hidratado de tonos amarillos y anaranjados que también se ha empleado, desde los inicios de la Humanidad, como pigmento artístico.

Las galerías nacen a derecha e izquierda, y hay que tener cuidado para no extraviarse. Enormes muros de piedra seca, construidos a finales del XIX y todavía sólidos, ciegan galerías ya agotadas, las separan de otras o contienen las tierras más arcillosas, que, en algunos tramos y tras las torrenciales lluvias, se han desprendido en parte. Permanecen también, en un aparentemente precario equilibrio pero sobreviviendo al paso de los siglos, algunos entibados con los que se aseguraban techos. Son puntales de madera que, parece mentira, aguantan toneladas de roca sobre ellos.

Siempre presentes bajo tierra, los brillos aparecen, en esta ocasión es responsabilidad del óxido de hierro del hematite y, en las grietas, aunque no muy abundantes, se encuentran algunos aragonitos, cristalizaciones de carbonato cálcico que, en esta ocasión, emulan formas orgánicas. En otras grietas abundan las calcitas, también cristalizaciones de carbonato cálcico, pero de formas más redondeadas, menos puntiagudas y que, al quedar expuestas al abundante polvo en suspensión de la mina, han perdido su brillo y transparencia.

Casi un siglo y medio después de ponerse en marcha estas minas -con nombres como San Rafael, Ramona, Concha, Somorrostro, Vulcano, España, Los Lobos, Bilbao y Nicanora-, permanecen incrustados en las paredes viejos clavos de hierro, laminados por el paso del tiempo y el efecto de la oxidación, en los que los mineros colgaban sus candiles y otros útiles. Tampoco es raro encontrar los restos de algunas de sus herramientas: capachos de esparto desfondados, mangos de marros estropeados,... Todos ellos huella del duro trabajo y la abundante actividad que se desarrolló para extraer de la tierra la riqueza mineral.

Después de subir y bajar por varios niveles y explorar algunas galerías en busca de curiosidades mineralógicas, merece la pena salir al exterior para disfrutar del estallido de vida que traen las temperaturas casi estivales de los últimos días. Las perdices, escandalosas, recorren estos campos reverdecidos por las últimas lluvias, con las albaidas a punto de florecer y el canadillo preparándose para ello; van cuatro en grupo y se persiguen sin cuartel. Época del despertar de las tortugas moras, el coto minero del Alto de Carrasquilla, integrado en el LIC y ZEPA Sierra de Almenara, tiene ya a los machos más madrugadores en busca de hembra para esta temporada de cría, y uno de ellos sale a saludar. Habitada por el águila real -en uno de los altos de la zona tienen un rompedero de tortugas en el que están adiestrando a sus crías para facilitar su alimento-, el halcón peregrino, la collalba negra y el águila-azor perdicera, en una de las repisas de las abundantes bocaminas tiene su comedero un búho real, lo delatan las egagrópilas regurgitadas tras sus atracones. También se dejan ver las primeras orquídeas, un grupo crece junto a otra bocamina abandonada junto a la que la naturaleza se ha ido abriendo paso.

Sigan sendero arriba y, cuando se bifurca -hay una señalización de madera caída-, cojan el de la izquierda y en unos metros iniciarán un descenso que les lleva junto a otras muchas construcciones mineras, parte de nuestro patrimonio industrial: un bonito castillete construido en ladrillo, los edificios de oficinas, las rampas de los cargaderos... Disfrute a cielo abierto y bajo tierra al alcance de cualquiera.

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