La Verdad

Comer como en casa

Uno de los comedores de Casa Roberto, en la popular Corredera lorquina.
Uno de los comedores de Casa Roberto, en la popular Corredera lorquina. / Paco Alonso / AGM
  • Casa Roberto es una bonita vivienda de tres plantas restaurada con una cocina sencilla y práctica y un servicio por momentos descuidado

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Al ver la fachada de Casa Roberto, a uno le crece la necesidad de estar sentado en uno de sus comedores mirando por la ventana viendo a la gente pasar mientras se empuja un buen plato de carne. El comedor está dividido en varios salones de las dos plantas superiores y la decoración y ambiente cuidados para una experiencia íntima y delicada.

Pero el servicio empieza con mal pie. Podríamos decir que la carta es correcta, con platos poco arriesgados, para gustar a una mayoría de público, y con una extensión manejable, para no volverse loco. Es decir, que con dos o tres minutos cualquiera puede decidir qué le apetece comer y no los quince minutos que estoy esperando sin ni siquiera una triste cerveza que consuele mi soledad.

Tras este error, los camareros parecen ponerse las pilas en cuanto a la rapidez en servir la comanda, aunque parecen esconderse en el descansillo, fuera del salón, durante la comida para dejarme en la intimidad que necesito cuando como solo.

La carta, como digo, está formada por platos comunes a una gran parte de restaurantes de la Región, entre otras cosas, imagino que por la dificultad que está pasando la hostelería lorquina para atraer al público cuando la oferta se complica lo más mínimo.

Uno de los mejores bocados de la experiencia es el de pimientos asados con anchoa. Viene una tira fina de pimiento rojo y otra de verde, recordándome el homenaje que hace Rubén Trincado en El Mirador de Ulía (San Sebastián) a la famosa gilda. En este caso, con una aceituna gordal rellena, el plato se elevaría un palmo del suelo. El caballito, como siempre. Misma cola de gambón blanco e insípido que encontramos en el 99% de los locales de Murcia y un rebozado, eso sí, hipercrujiente, pero sin novedad en el frente. Con más agrado, sin embargo, me embaúlo una estupenda croqueta de jamón que porta un gran sabor a carne, una textura cremosa y un rebozado fino y tan terso que recuerda a la cáscara de un huevo. Además, viene acompañado de unas patatas con cebolla pochadas al horno como muestra de buena voluntad.

Del popurrí de entrantes, fríos y calientes, encontramos elaboraciones tan dispares como berberechos al vapor, cocochas de bacalao, provolone a la parrilla, zarangollo o bacalao dourado, que más propios de la zona lorquina, parecen haber salido de los distintos viajes del propietario o cocinero. Me decanto por las zamburiñas creyendo que llevarían algún tipo de preparación, aunque el bivalvo llega a mi mesa con un poco de pimienta y 'chin-pún'.

La selección de carnes es bastante extensa y a pesar de que el camarero me recomienda el entrecot de buey al grill, me decanto por la paletilla cordero. La sorpresa no es que la ración ha dejado fuera la parte de la paleta, que es la más sabrosa, sino que al preguntarle al camarero me indica que por ese precio no puede poner la pieza entera, al tiempo, eso sí, que reconoce el error de no explicarlo en la carta. La carne está correcta, pero no parece haber sufrido una cocción prolongada al vacío. La guarnición, una vieja conocida a base de patatas y cebolla pochada.

Para terminar, de una gran selección de postres caseros me decanto por una excelente crema catalana servida en un tarrito muy mono junto a un helado de vainilla de gran calidad. La tortada lorquina la perdono por esta vez, a pesar de que me parece un postre que debería estar en todos los restaurantes tradicionales de la Región, ya que no se me ocurre una elaboración dulce más equilibrada y rica.