Alambradas convertidas en largos y cercenadores cables, hierros oxidados, revestimientos en forma de cuchillo y basura. Mucha basura. El escenario descrito podía corresponder a un desguace de coches abandonado, pero son algunas de las instalaciones deportivas municipales de Murcia las que poseen el luctuoso honor de ajustarse a esta visión, más propia de otros tiempos que del siglo XXI.
La Verdad recorrió ayer varias de estas dependencias en busca de defectos similares a los que casi provocan una tragedia el jueves en el barrio del Progreso, donde una valla metálica en pésimo estado de conservación estuvo a punto de cortarle el cuello a un niño de ocho años que jugaba con sus amigos.
Una de las primeras paradas fue el polideportivo Príncipe de Asturias, uno de los símbolos y referentes de Murcia si hablamos de instalaciones municipales y, sin embargo, uno de los ejemplos más claros de discriminación presupuestaria en relación con otras dependencias municipales próximas. El óxido de las canastas que circundan el Príncipe de Asturias pasa desapercibido cuando las pupilas se clavan en la pista de patinaje José Barnés, a escasos metros del pabellón. Tres jóvenes que desafían al primer bochorno del día con sus tablas de skate se quejan de que «los cantos no están bien perfilados y si caes mal te puedes cortar, por no hablar de la alambrada, que está machacá».
Espinardo, la siguiente parada, sólo cuenta con una instalación deportiva gestionada por el Ayuntamiento de Murcia, lindante con el Colegio Salzillo. La dejadez de las autoridades respecto al mantenimiento de esta pista es más que evidente, a juzgar por las alambradas, los muros rotos, los metales oxidados y cortantes y los montículos de desperdicios. Este campo de fútbol-sala es, quizá, uno de los ejemplos más evidentes del riesgo que pueden correr los niños pero su tétrico estado está dejando paso «a pandillas de ecuatorianos que muchas veces arman bronca y que llegan a tirarnos piedras», nos dice una vecina.