Es obvio que Israel no puede tolerar que los islamistas de Hezbolá o de Hamás secuestren a sus soldados pero aun entendiendo y admitiendo el derecho de Israel a defenderse de quienes niegan incluso su derecho a existir hay que exigir una proporción realista entre el agravio y la respuesta, entre la magnitud de la agresión recibida y la brutalidad de la reacción israelí que no sólo ha bloqueado el Líbano sino que ha causado la muerte a docenas de civiles y mantiene confinados a millares de ciudadanos extranjeros -800 españoles entre ellos- que se encontraban en Beirut haciendo turismo. Los Estados Unidos, que han bloqueado como es ya habitual todas las iniciativas para que la ONU frene esta locura, no deberían tolerar estas desmesuras, que engendran lógicamente más violencia y odio en el mundo islámico, convirtiéndose en el mejor caldo de cultivo para el terrorismo fundamentalista. Tanto es así que muchos expertos aseguran que Al Qaeda no podrá ser erradicada en tanto no se haya resuelto definitivamente el conflicto palestino-israelí, que emponzoña gravemente las relaciones entre Oriente y Occidente.