La crisis de gobierno en Londres era inevitable visto el descrédito del Ejecutivo y más allá del resultado de las elecciones locales en Inglaterra, pero Tony Blair ha mezclado con toda diligencia los dos procesos, ha dado pruebas de su reconocido sentido táctico y enviado algunas señales. De inmediato, consigue esconder un poco el mal resultado de los laboristas, con su modesto 26% del voto (40 para los conservadores, muy reforzados, y un 27, mediocre, para los Liberal-Demócratas). Y, segundo capítulo, ha renovado su gobierno con una teoría de permutas y acomodos que solo deja un cadáver estricto: el ministro del Interior, Charles Clarke.
Los medios apuntaban a otras dos víctimas, el viceprimer ministro John Prescott, tras la revelación de su asunto amoroso con una secretaria, y la ministra de Sanidad, Patricia Hewitt, abucheada por trabajadores del sector. Pero si Clarke era insalvable (fueron liberados más de mil extranjeros que debían ser deportados), Blair no puede culpar a Hewitt de hacer la política del neo-Labour, que trasvasa parte del sistema público de salud al sector privado con la oposición del ala izquierda del partido. Y con Prescott se aplica el principio de separar vida privada de función pública, y conserva la condición de viceprimer ministro aunque sin cartera propiamente dicha.
La novedad está en la salida de Jack Straw, que deja Exteriores para ser el nuevo líder laborista en la Cámara de los Comunes, cuyo titular, Geoff Hoon, pasa a ser ministro para Europa, desgajado el departamento de Exteriores. A Straw le sustituye, en un Foreign Office reducido, la hasta hoy ministra de Medio Ambiente y asuntos rurales, Margaret Beckett, y a Interior irá un peso pesado, John Reid, ministro de Defensa, que deja el cargo a Des Browne, ahora en el Tesoro.
Todos amigos y todos ubicados en una combinación que reúne continuidad y cambio. Con una señal clara: el ascenso a Defensa de Browne, muy cercano a Gordon Brown, canciller del Exchequer (superministro de Hacienda) y sucesor designado de Blair según la versión tenaz que circula desde el triunfo laborista hace nueve años.
Lo que queda pendiente, pues, es solo que Blair fije una fecha para su retirada en beneficio de Brown. Pero el anuncio llegará cuando el interesado lo tenga por conveniente. Brown está bien entrenado para esperar.