Son palabras del rey, palabras definitorias por tanto. Pronunciadas con ocasión de prestigio cultural, lo que supone profundidad de sentimiento y hondura intelectual, pues que del corazón y la cabeza hablará la cultura.
Bien pudiera aplicarse a la universidad, hermoso edificio al que honrosamente accedí y encontré hace cincuenta años sumido en simple maraña de intereses creados. Y que abandonaré, deo volente, medio siglo después dejándola como la ciudad alegre y confiada. Entre ambas referencias benaventinas, todo un complejo mundo especialmente atractivo y sugerente.
Pero el rey las ha referido a la lengua castellana, uno de sus grandes caballos de batalla, dedicadas al escritor mexicano Sergio Pitol, último galardonado con el Premio Cervantes, escasamente conocido por desgracia en nuestros lares, leído con pasión en capillas de iniciados y a la espera de que las coyunturales explosiones mediáticas no le hagan más flacos favores.
Cervantes, la lengua y el premio son, a día de hoy, tres realidades inseparables. Importa el premio, pero poco. Importa Cervantes como culminación de aspiraciones expresivas y hominizadoras. Importa, sobre todo, la lengua que hablamos y escribimos casi cuatrocientos millones de personas por el ancho mundo. Lo de Shakespeare, Cervantes y Garcilaso de la Vega viene a ser adventicio. Por cierto, Garcilaso el inca, no el autor de La Flor de Gnido, como algún batueco apresurado ha dejado dicho y escrito.
Todo ello conduce al habla y a la escritura, naturalmente. El acto de hablar es casi automático y no entraña, por el momento, mayores averiguaciones. Pero si el sublime acto de escribir exige la firme voluntad de hacerlo para indicar algo comunicándolo; para expresar algo transformando la elemental comunicación; para transcender la simple, aunque necesaria y previa, racionalidad por los aventurados caminos del arte.
Y entonces aparece la literatura como universo, con tres géneros específicos, poesía, teatro y narración, a manera de formas distintas y complementarias. El resto son textos mejor o peor escritos, pero no literatura que implica libertad en cierto grado ancilar y creación soberana. Sin libertad puede haber literatura de gran calado, pero sin capacidad creadora jamás se alcanzará el más mínimo texto literario.
Por lo que importa reivindicar y constreñir el título de escritor en su justa y minoritaria medida, frente a otras aproximaciones y pedreas, si que encomiables, escasamente incardinadas en el restringido mundo de literatura, con los escritores como agentes artísticos reconocibles.
Para entendernos ahora, recordemos cinco palabras muy conocidas: escriba, escribano, escribiente, escribidor y escritor. Todas con la misma raíz y la común manifestación de redactar textos. La vulgaridad cazurra dirá que escritor es todo aquel que escribe. Y tendrá razón en la misma medida que al decir comedor es todo aquel que come, aunque no es igual la ingesta de berzas con vinagre que la de doradas mediterráneas a la sal.
De las cinco palabras prescindo al principio de dos, escriba y escribano, por las evidentes connotaciones religiosas y administrativas que comportan.
Escribiente, por su parte, bien pudiera significar la frontera, pues la ambigüedad del participio presente define a quienes ejercen la tarea de escribir sin, todavía, vinculación específica y diferenciadora. El arquitecto que redacta una nota para el maestro de canteros, escribe; y el poeta que compone un soneto, también. Ambos necesitan la particularidad inexpresa del fin que les viene dado por elementos ajenos solo identificables a partir de la forma.
A la postre, dentro de la jerga peculiar de la escritura creativa, escritor y escribidor son parientes cercanos, que conviven sin mayor dificultad, sobre la base de un principio esencial: el escritor engloba al escribidor, el escribidor jamás alcanzará la estatura de escritor, como en las matruscas rusas.
Centrada la literatura y localizados los pocos escritores que en el mundo han sido, conviene organizar una clara labor pedagógica para que el pensamiento y la sensibilidad se desarrollen y produzcan la necesaria capacidad crítica en los lectores, para que sean capaces de separar el trigo de la paja y establecer que un buen libro exigirá siempre notables esfuerzos de comprensión y asimilación, con la evidente teleología de los óptimos frutos deseados y perseguidos. El resto es silencio creador y no merece la pena por embrutecedor e inane.
Volviendo al comienzo, es de saber que un buen libro será siempre un tesoro inagotable para su dueño, en expresión del propio Garcilaso, cuyos Comentarios reales recomiendo leer, a la vez que cualquier drama de Shakespeare. Y de Cervantes, matriz y razón del premio, las Novelas Ejemplares y El Quijote, sobre todo las aventuras sorprendentes de la pareja perfecta.
Con relación al premio cara al futuro, determinado comportamiento del Rey, durante la comida institucional en palacio, y las medidas palabras de la ministra de Cultura permiten barruntar quién puede ser la ganadora el año próximo. Si así aconteciere, la situación merecería todos los parabienes y congratulaciones.
Y terminaré con tres ideas de otros tantos grandes intelectuales, por si pudieran ser útiles. Afirma el poeta Heine con emoción: «Quien ama los libros, también quiere a los hombres». El amor como base de proyección humana, libros mediantes. «Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma». Palabras unánimes de Cicerón, que ya potenciaba lo psicosomático como unidad insobornable. Y Thomas Carlyle, que debiera ser más leído por los jóvenes: «La verdadera universidad de hoy es una buena colección de libros».