Hacía mucho tiempo -más de lo debido- que no me asomaba a la playa aguileña de Poniente.
¯¿Y qué me quiere decir con eso?
Pues quiero decirle, si es que me deja, justo lo que he dicho. Y, además, que me ha chocado encontrarme con el mismo decorado que frecuenté hace tantos años. Era cuando existía el Premio Águilas de Novela y actuaba en la verbena un por entonces casi desconocido Julio Iglesias. O sea que ya puede usted echarle hilo a la birlocha.
Me ha sorprendido encontrarme con un paisaje muy parecido al de por entonces. Y eso porque lo que uno se topa hoy por esos litorales no se ha conservado como en la de Poniente. Actualmente todas las playas y su entorno son lo mismo. Construcciones así como queriendo ser morunas, por decirlo de alguna manera -blanco artificial frente al azul natural del mar- y, un poco más atrás, esa media luna en la que enormes rascacielos se pegan unos a otros, como si se dieran codazos por estar en la primera línea.
El ejemplo más claro de esto lo tenemos en Torrevieja, que dejó de ser aquel pueblo marinero en el que los visitantes ocupaban en verano las mismas viviendas en las que los torrevejenses vivían el resto del año. ¿Y qué diremos de Marbella, o Torremolinos, o la misma estropeada Manga del Mar Menor?
¯Hombre. No haga usted propaganda negativa.
No se preocupe. La gente seguirá yendo, cada vez más, a todos esos lugares, porque de Dios está que sea así.
La playa de Poniente de Águilas es todavía poco más o menos lo que fue. Edificios sin pretensiones de avasallar, ni de llamar la atención. Y estando por llegar el verano, seis u ocho cafés-heladería, no más, donde no se ve mal que la gente eche partidas de dominó, como antaño en Lo Pagán. Aquí en la curva que lleva a San Pedro reinaban, frondosas, tres higueras muy considerables.
Se ven restaurantes discretos y recogidos -únicamente los imprescindibles- como el Marisol, que luce en la fachada la carta ofreciendo: «Filete de entrecor, con salsa de roquefor». Y, soplándole al paisaje, esa brisa aguileña que consiente que te pongas moreno sin quemarte, con sólo estar un par de horas leyendo el periódico cara al sol, en el mejor de los sentidos.