Los países pobres, por más que se unan, siempre resultan vencidos, pero no derrotados. No es lo mismo. No hay sinónimos. Cada palabra tiene un matiz y si hubiera dos absolutamente idénticas, no se habría inventado la otra. El líder cocalero Evo Morales, tan zaherido por su indumentaria de mayoral de llamas cuando viajó por Europa, no quiere ser el árbitro de la elegancia, pero desea arbitrar el gas y el petróleo en su país, donde el hambre es congénita y hereditaria. La brusca nacionalización de todos los hidrocarburos, con el Ejército y la Policía haciendo guardia en los oleoductos y en las refinerías, hace temblar el suelo bajo nuestros neumáticos occidentales.