Siete pinchazos necesitó Curro Maya para matar al cuarto novillo de la tarde, siete puñaladas en el corazón de la afición, los siete dolores de la Virgen. Con la espada se le fueron dos faenas de otro tiempo, de gusto y empaque. ¿Qué pena! Cómo sujetó al rajadito primero y cómo toreó con lances de torería al cuarto.
El manchego Juan Luis Rodríguez vino a por la Espiga, replicó a los quites con las mismas armas, tapó los defectos de los novillos, especialmente del quinto, con un oficio inusual a estas alturas de su carrera. Y salió por la puerta grande con un apéndice de cada res.
La presidencia sabrá por qué le dio dos orejas en su primero a Ignacio González, un chaval tan verde como valiente y que puede llegar a ser torero, incluso atropellando la razón. Junto a Rodríguez, abrió la puerta grande. A todo esto, se lidió un encierro de Algarra de presencia impecable y juego irregular en tarde con un invitado inoportuno, el viento, y un tercio de aforo en los tendidos.