El delfín de Sharon y actual líder del nuevo partido Kadima (29 escaños), Ehud Olmert, ha conseguido una gran coalición en Israel tras pactar con el Partido Laborista (19 escaños) -cuyo líder, Amir Peretz, será ministro de Defensa-, los partidos religiosos ortodoxos, que le aportan 11 escaños, y con los siete diputados del Partido de los Jubilados. En suma, Olmert contará con 72 de los 120 diputados de la knesset o parlamento israelí, una mayoría más que suficiente para manejar los asuntos corrientes y aun para adoptar las graves decisiones estructurales que se planteaba Kadima en la campaña electoral y que pasaban por serios avances en el proceso de paz.
Sin embargo, ahora es la otra parte, la palestina, la que ofrece el rostro impenetrable de la intransigencia, tras la victoria de Hamas en las elecciones y la nula flexibilidad de los nuevos dirigentes, que podrían conducir el conflicto hacia un dramático callejón sin salida. Si no se produce pronto el cambio ideológico de Hamás, que ha de pasar por el reconocimiento de Israel y de los compromisos contraídos por la ANP -empezando por los acuerdos de Oslo-, lo que hace poco pareció una oportunidad para la paz tras la muerte de Yasir Arafat se podría convertir en una situación límite. La comunidad internacional debería poner toda la carne en el asador en esta coyuntura propicia.