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Lunes, 1 de mayo de 2006
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OPINIÓN
VIVIR PARA CONTAR
Sonrisas
El protagonista de la última novela de Eduardo Mendoza, Mauricio o las elecciones primarias, es un médico estomatólogo. Profesión insólita para un personaje de ficción que contrasta con los patosos detectives o los florecientes burgueses catalanes a los que el autor nos tenía acostumbrados. Ocupación que justifica en una entrevista al señalar que le llama la atención el entusiasmo que despliegan en su trabajo, rodeados de dolor y malformaciones, lo que sirve como excelente contrapunto para explicar la pérdida de la inocencia social y política que le rodea.

En uno de los pasajes de la obra el mencionado dentista se queja del poco juego que da su trabajo como argumento de conversación en las reuniones informales con sus amigos. Cierto que resulta harto complicado comunicarse con alguien a quien se le está hurgando en la boca y encima, las más de las veces, tras una visita precedida por un dolor insoportable. Circunstancia bien diferente al rico anecdotario que exhiben otros profesionales con los que han estado emparentados en otras épocas históricas en la extracción de muelas enfermas, los barberos. Sirva como botón de muestra el de aquel fígaro madrileño que solícito y cortés preguntaba a los clientes antes de comenzar a afeitarles o cortarles el pelo si deseaban que el servicio fuera ¿con conversación o sin ella? En caso de obtener su aquiescencia la siguiente pregunta era ¿a favor o en contra?

Cuidados de la boca que han evolucionado desde el simple tratamiento de las enfermedades dentales a una creciente intención estética dirigida a restaurar la blancura, el tamaño, la forma o la posición de las piezas defectuosas, especialmente las anteriores. Elemento indispensable junto a la actividad de los músculos faciales para modelar la expresión de la cara reflejo de los sentimientos. De entre ellos la felicidad traducida en la sonrisa, de la que hace poco se producía una curiosa noticia puesto que de acuerdo con las observaciones llevadas a cabo por un psicólogo estadounidense, americanos e ingleses sonríen de modo diferente. Mientras que los primeros estiran las comisuras de los labios hacia los lados, poniendo en acción al complejo entramado muscular de alrededor de la boca, con el resultado de enseñar la fila superior de los dientes, cuyo ejemplo más gráfico sería el notable buzón que exhibe Julia Roberts, los británicos tiran de los labios hacia abajo y hacia arriba mostrando al respetable la fila inferior en una especie de mueca abortada de significado incierto. En este caso el prototipo sería Carlos el heredero de la corona.

Pero para sonrisa analizada de forma exhaustiva la de Mona Lisa, de Leonardo da Vinci objeto de innumerables estudios y especulaciones varias. Vasari, biógrafo de los grandes artistas del Renacimiento señaló que la discutida modelo estaba rodeada de una pléyade de bufones, músicos y cantantes que entretenían con sus destrezas las largas sesiones mientras posaba, actividades que le indujeron el atisbo de sonrisa que exhibe (digámoslo ya, enigmática). Otras conjeturas señalan que se trataría o bien de un autorretrato del propio Leonardo, o que padecía una afección conocida como bruxismo, consistente en rechinar los dientes de manera imperceptible, tanto de día como de noche, por razones que se cree tienen una raíz psiquiátrica. En las últimas décadas tuvo notable aceptación la que le atribuía una afectación de algunos músculos de la cara, con un rictus característico, conocida como parálisis de Bell. También se publicó hace poco en una prestigiosa revista de medicina forense que su expresión responde a que le falta toda la fila superior delantera de la dentadura y de ahí su imagen facial indefinible. Mientras que la más reciente sugiere que se trataría de una peculiaridad de la acomodación visual al dirigir la mirada hacia los ojos del personaje, quedando la boca diseminada en un área de visión periférica. Los nostálgicos de las canciones melódicas pensaran que Nat King Cole dispondría de un amplio material de inspiración ante tan variadas, exóticas y desconcertantes aseveraciones.



Vocento
LA VERDAD DIGITAL, S.L. (SOCIEDAD UNIPERSONAL). Camino Viejo de Monteagudo s/n. 30160. Murcia. CIF: B73096802.
Inscrita en el Registro Mercantil de Murcia al Tomo 1.709, Libro 0, Folio 41, Sección 8, Hoja nº MU34509, Inscripción primera.

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