Te ves tan ricamente esta opereta cómica, tonta pero deliciosa como toda buena opereta cómica que se precie de serlo, y es como si te hubieras comido un sabroso caramelo con piñones. Un dulce. Te permites, en mitad de estos tiempos de grosería, mala educación y desfachatez, relajarte un rato, poner cara de bobo, mantener la sonrisa puesta con toda comodidad, volver un ratito a la infancia, divertirte con el ingenio, la chispa y el excelente trabajo de los actores -que cantan, bailan, silban...- de Dagoll-Dagom; y, de paso, recuerdas los peligros del poder que nos tienen acorralados y se refresca el convencimiento de que a los políticos -mírelos usted bien, a estos nuestros de aquí, por ejemplo: ¿uff!- hay que controlarlos pero que muy bien controlados, que es que te descuidas un pelo de tonto y se te suben a la chepa, te construyen en ella un par de urbanizaciones y te quieren hacer creer que los burros vuelan. Y, oye, esta es la bendita mala hora en que hay mucha gente que cree que los burros vuelan.