Un enorme dolor encogió su corazón, como un mal presagio, aquel lejano día, en que aún no era padre, leyendo la obra de Machado: la Laguna Negra y la tierra de Alvargonzalez.
Olvidado quedó aquel dolor, de mera ficción literaria. Su primer descubrimiento de La Azohía una tarde, fue como un parto a sus 25 años, pues le echaron sobre la cubierta del barco guía de la Almadraba, para que los efectos del mareo, de su bautismo de mar, acabasen, expulsando como un bazoka por proa y popa de su cuerpo, los garbanzos que horas antes había comido.
No obstante, su cariño por La Azohía, propició que invirtiese toda la herencia recibida, fruto del sacrificio de dos generaciones de sus antepasados, en construir una casita en aquel lindo poblado de pescadores.
La Torre de La Azohía, en su segunda planta, conserva aún, respetando después de restaurada, aquella pintada en carboncillo, que él plasmó hace 20 años, dando fé que allí estuvo su hijita a la edad de 5 años.
Pues cuando la torre era una ruina y no tenía peldaño alguno, su técnica improvisada le permitió trepar, y elevar a la niña valiente hasta lo más alto de la torre.
Buceó con sus pulmones en sus transparentes aguas durante 25 años, caminó por sus montes y veredas, descubrió pequeños paraísos escondidos: fuente de Cala Aguilar; jardines naturales encastrados en las ojivas y hoquedades de la piedra del Cabezo de la Panadera, y una sima que sólo él conocía, excavada en la tierra por los romanos.
En su casa guardaba una barquita, paciente y fiel compañera, necesaria cada sábado en su deporte impenitente: la pesca submarina.
Su vida era y solo podía ser La Azohía. Aún cuando a nadie en su familia le gustase aquel pueblecito y ya no lo hubiesen pisado en los últimos 4 años, él lo hacía cada sábado. Su familia odiaba La Azohía, tanto como él la amaba.
Retirado por los temporales del destino, en la mitad de su existencia, a vivir en soledad en aquella casa de La Azohía, fue vencido en las frías y provisionales arenas de un juzgado por dos gladiadoras armadas con flechas envenenadas. Aquellas saetas le condenaron a abandonar su refugio en La Azohía.
Él sólo llevaba un arma: el corazón. Ahora sólo esperaba la clemencia de las gradas. Pero su indigna situación, boca abajo y abatido por la espalda le impide ver la posición de los pulgares.
Aguarda inseguro que alguien pueda decirle dónde se inclinan aquellos ¿Le perdonarán su vida, que era La Azohía? ¿En caso contrario, en qué laguna negra de las conciencias se arrojará después el cuerpo de Alvargonzález? ¿Dirá a su favor alguna niña aquella frase del Mío Cid: «idos, el Cielo os colme de venturas, en su mal señora mía, no ganáis nada»?
Emilio Guillén García