Anunció su defunción André Breton, hace muchos años, pero fue una falsa alarma. El escándalo, entendido como daño y ruina espiritual que se ocasiona al prójimo, se encontraba en estado cataléptico. En el siglo pasado todavía se escandalizaba la gene con cierta frecuencia. En España abundaban los enfermos de asombro. Creían que su dolencia era incurable, hasta que sanaron repentinamente. Ya no queda ese tipo de personas. ¿Quién va a pasmarse ante nada? El consejero que recaudaba para ERC y arremetió contra Zapatero y el Estatuto en su toma de posesión, el señor Vendrell, ha sido elevado por el presidente de la Generalitat a consejero de Gobernación. «Vendrell erró y lo reconoce, pero no me escandaliza lo suficiente para no hacerle consejero», ha dicho Maragall.
Tampoco se ha extrañado nadie de que el cardenal Martini, quien no sólo por su nombre era mi favorito en la elección de Papa, haya defendido el preservativo, si bien como «mal menor». Un purpurado liberal monseñor Carlo María Martini, que lo que quiere es que hay menos enfermos de sida. ¿Le acarreará algún disgusto esta declaración? Más probable es que se busque un lío por afirmar que «la vida no empieza con la concepción» y que la mujer puede abortar «en defensa propia», aunque no es probable. El escándalo tampoco se lleva demasiado entre el alto clero.
Todo el mundo puede decir lo que le de la gana. Miles de guardias civiles han recorrido Madrid pidiendo «democracia», acogiéndose a la fácil rima de «Zapatero, embustero». Es la primera manifestación de la historia de la Benemérita. Tampoco se ha producido ningún asombro. Definitivamente, el escándalo ha muerto. Creo que su última voluntad ha sido que lo entierren en Marbella.