Miguel Ángel Esteve Selma, como polemista no se llega a la suela de su zapato como profesor de Ecología. A la vista está. El buen orden dialéctico, y aún retórico, tiene una norma de obligado cumplimiento, cual es: «no califiques de antemano sin previamente haber justificado los argumentos que a tal calificación ha de llevar». Esteve se inicia (en lo que él cree obligada defensa de sus puntos de vista) con una acusación hacia mi persona a la que asigna -que Dios lo perdone- «cantidad ingente de veneno», acusación que tratándose de mí, alma cándida y bien pensada donde las haya, no deja de ser un disparate. A continuación y sin que pueda verse el argumento que lo sustenta me llama martillo de herejes y profeta neoliberal: ¿Pero, que habré dicho yo para merecer semejantes calificativos que por humildad no acepto?
Resultaría mucho más procedente para un profesor universitario suscribir opiniones basadas en hechos concretos, provenientes del estudio exhaustivo de las disciplinas a su cargo que establecer podridos axiomas de carácter más político que académico. Me acusa, indecentemente, de ser activista de una murcianía roma y casposa que transita entre (sic) «el agua y la lechuga, y el ladrillo y el golf». Y el riguroso profesor universitario se queda tan campante. La lechuga ha dado mucho de comer a los agricultores murcianos. El agua, ha sido tratada de manera eficaz, eficiente y cuasi milagrosa, por esos mismos agricultores. No sé jugar al golf, pero sugiero que la práctica de este deporte en tierras de luz y color ha de procurar, sin menoscabo mayor de nuestro respeto medioambiental, mejoras razonables en nuestra economía. Y, en fin, mi relación con el ladrillo se limita a comprar una vivienda para que mis niños y mis nietos, puedan vivir y crecer en ella. Sólo eso. Los juicios de valor jamás los he incluido en los senderos de la objetividad que caracterizan la buena practica de las ciencias, incluida, como no, la Ecología. Pero lo cierto es que, en mis fricciones profesionales con la Ecología, el elemento hacia el que tenido mayor consideración ha sido el que proviene de las formulaciones ecológicas en cualquier información pública de los proyectos civiles en los que he participado. Claro es que una cosa es aplicar medidas correctoras de sentido común y otra rendirse a la posición forzosa de criterios conservacionistas de exagerada asunción. Porque, créanlo o no ecólogos y ecologistas, la flexibilidad en ellos brilla por su ausencia cuando de defender una postura extrema se trata. En alguna ocasión, me pareció oportuno aportar al movimiento ecologista la cuestión, reglada y asumible por verdadera, que establece la relación directa que existe entre el desarrollo económico y la conservación ambiental. De tal manera que llegado a un extremo exagerado puede afirmarse que sin desarrollo económico no hay posibilidad de defender los patrimonios culturales y ambientales. Todo ello, sin duda, ha de venir acompañado por la existencia real de topes al crecimiento exagerado. Pero si hemos de pedir flexibilidad al desarrollista, ¿por qué no exigírsela también al conservacionista?
En realidad, a Esteve no le falta razón cuando opina que mi interpretación de los valores ambientales responde a un punto de vista estético. Me resulta complicado encontrar valores ambientales en terrenos áridos y desérticos. No soy un especialista y corresponde a profesores como Esteve la labor de explicar que en terrenos desérticos existe una biodiversidad escondida que sólo los expertos son capaces de apreciar y, con esas intenciones, aportarlas a los ignorantes de esa ciencia que a veces ellos mismos parecen confundir con una religión, estricta e implacable. Estoy preparado, siempre estuve, para adquirir conocimientos que me lleven a reparar en esos valores ocultos pero reales. A cambio, yo estaría dispuesto a recordarles que si en España no si hubiera llevado a cabo una política hidráulica acorde con los tiempos propios del siglo XX, la disposición de agua para todos los españoles sería, casi con exactitud, cinco veces menor. Una situación así hubiese hecho imposible el desarrollo de España e impedido efectuar defensas emocionantes de biodiversidades existentes, no sólo en paisajes desérticos sino que también en aquellos en los que no hace falta ser un experto para predicar y respetar sus bondades ambientales.
Amigo Esteve, tu plumero sí que es visible: «a los poderosos afincados en Murcia les interesa una visión peyorativa de la naturaleza» ¿Esto qué es, magisterio o política? Lo mío, sin embargo, es sentido común por más que moleste en cada argumento y vaya en sentido contrario a la defensa política o académica de sus supuestos. No confundo (demuéstrelo) a los Ecologistas en Acción con el Departamento de Ecología, por mucho que sus puntos de vista estén casi siempre en consonancia. Y en cuanto a su justificación respecto a lo que me pareció deplorable en su discurso acerca de la situación de España en cuestiones medioambientales, le diré que me recuerda a aquellos políticos que habiendo perdido claramente las elecciones, rebuscan en aspectos parciales el establecimiento de éxitos muy relativos. Usted mintió. Dijo que España estaba en los últimos lugares de la clasificación de Yale y Columbia. Mentira. Estaba el 23 (de más de 130 países) y no vale ahora argüir clasificaciones rebuscadas a fin de salvar el culo a cualquier precio. Y además le diré que sigue usted ignorando la composición del índice EPI 2006 cuya parametrización incluye un concepto de progreso de futuro: el desempeño medioambiental, concepto que supera, por lo profundo, al obsoleto índice que no tomaba en consideración la noción de actitudes tendentes a mejorar el medio ambiente. En definitiva, pese a sus intentos por llevarme a las filas de los desarrollistas sin escrúpulos, yo me considero mucho más útil para la sociedad murciana que usted en ese reducto fundamentalista y rígido que tiene la mayoría de las veces visos de mantener a ultranza fijo, aferrado y sostenido, el vértice de la defensa medioambiental, despreciado una vez tras otra que la cohesión territorial existirá dando satisfacción tanto a la demanda social como al desarrollo económico tasado, por muy neoliberal que sea mi punto de vista acerca de la sostenibilidad.
Por cierto, la colección de insultos recibidos por parte de más de 30 medioambientalistas a través de ATICA y blogs varios, sirven para demostrar la agresividad medioambiental de ustedes contra la paciencia, tranquilidad y seguridad de mis criterios moderados respecto a lo que es la cohesión territorial. Y no creo que sea del interés de los lectores continuar con esta estéril polémica que partiendo de la expresión rotunda de mi desprecio hacia los tránsfugas me ha llevado a convertirme en profeta neoliberal de la sostenibilidad, sin pretenderlo.
Juan Guillamón es Ingeniero