Amanece en Jesús a golpe de tambor sordo, de lamento metálico de la burla, del toque seco al trono que parece desclavar las tarimas del suelo donde enraizaron todo el año, del suspiro que escapa del pecho de tantos penitentes, del recuerdo y la nostalgia que tapizan estas paredes sagradas y añejas, mientras cruje al abrirse la remota cancela de la iglesia privativa y el Pendón Mayor de la Cofradía, ese tapiz enroscado y solemne de la Pasión, anuncia la inminente salida del cortejo. Más allá de la puerta, una algarabía de fieles se arremolinan expectantes. Comienza el tintineo de las cámaras fotográficas. Retumba en la esquina del Museo el trasiego de cruces y carteles que separan y organizan cada Hermandad.
Unos cuantos cofrades dan cuenta de carajillos y belmontes en la barra de los bares. Reencuentros, abrazos, acaso alguna rencilla suscitada en la última procesión, jalonan esta improvisada trastienda de la Pasión, donde el incienso es el humo del primer cigarrillo, ese que aplaca los nervios; donde la única luz de vela es el universo que se enciende en Murcia. La plaza de San Agustín. Aún parecen retumbar las correlativas del Jueves Santo. Hoy es un hervidero de gentes. Cierta brisa fresca despabila a los más pequeños. Nubes sobre la ciudad, como siempre amenazantes.
LA MAÑANA MÁS HERMOSA
La mañana más hermosa del año en esta tierra, al menos para quienes aguardan la salida del cortejo, bien podría resumirse así. Sin embargo, para comprender qué metafísica impregna este desfile, para degustar realmente la razón del misterio de su éxito, hay que madrugar mucho. Tanto como los estantes que, apenas suenan las cuatro y algo de la mañana, abandonan el lecho donde tampoco lograron conciliar el sueño.
Los teléfonos móviles son un hervidero de inquietudes toda la noche. El nazareno cabal está en pie. Junto a él, una madre, una hermana, una esposa que comienza el ritual para vestirlo, desde las calcetas del abuelo donde parecen brotar florecillas y cenefas de colores, a las enaguas con su punto justo de rigidez o el pañuelo anudado a la cabeza; pañuelo de algodón para que agarre, nada de sedas, si acaso dominado por las hojas de un periódico.
CINTA MORADA Y CINTURÓN
Es hora entonces de cuajar la sená de caramelos y pastillas, monas y huevos duros, libritos y estampas, quizá algún pin de plata, un puñado de habicas tiernas... todo un tesoro que será acariciado y bendecido por la tela; sená que se asegura sobre la cintura con una cinta morada, a la que aprisiona un cinturón que garantice la estabilidad. Sólo resta salir a la calle desierta y silenciosa, cuando el día ni siquiera anuncia su llegada, para acudir a la iglesia. Si es posible, andando, lo que garantiza que aquellos toques femeninos en el atuendo no perecerán empotrados entre el asiento y el volante.
Andando a Jesús y anunciando por el camino que algo grande se prepara. Tanto como la entrada a ese cenáculo antiguo del templo que atesora los Salzillos, auténtico útero de la nazarenía murciana que parirá, a las ocho en punto de la mañana, la espléndida procesión. En el interior circular que adornara Sistori sólo acceden unos cuantos elegidos.
Cuanto ocurre allí dentro es casi un secreto de arcano que sólo se desborda cuando un golpe de estante retumba en San Agustín, inmensa y luminosa, para anunciar al mundo que el paso de La Cena inicia su marcha. Los corrillos de la puerta se deshacen mientras Manuel Marquina, con una amabilidad que rezuma siglos de tradición, ultima el orden de la procesión. Sufre esa mezcla de nervios y ansiedad, colgada una sonrisa en los labios, que padece todo aquel que ame esta cofradía.
El celador Fernando Alcaraz, como el resto de responsables de cada hermandad, enuncia los últimos consejos para los mayordomos a su cargo. «Señores, atended bien a los cofrades», insiste grave. No es necesario añadir ni una palabra. En la mañana de Viernes Santo no se dan explicaciones: se desfila. Sólo al final, cuando el paso de Los Azotes entre al tempo entre aplausos, requerirá el informe verbal de aquellos en los que confió. Sin novedad, la procesión ha sido espléndida. «Pues hasta el año que viene», concluirá con una franca sonrisa.