Sorprende su sencillez y religiosidad porque sobre todo contrasta con el fervor y fastuosidad de los grandes desfiles bíblicos que se celebran en la ciudad. La procesión del Vía Crucis del Viernes Santo por la mañana, con más de 400 años de historia, reunió a cientos de fieles y penitentes que cada año cumplen con esta fiesta penitencial con la que culmina el periplo de procesiones al Calvario iniciado con el comienzo de la Cuaresma
Con túnica, descalzos, con lágrimas en las ojos, recitando los pasos, encapuchados, con la cruz al hombro, por promesa o por gusto; cualquier motivo, por mínimo que sea, es más que suficiente para participar en esta manifestación popular que partiendo desde la iglesia de San Francisco donde se encuentra el primer Misterio se dirige hasta la ermita de la Misericordia ubicada en el emblemático Calvario.
Junto a los rezaores, procesionan los tronos en andas de San Juan Evangelista y la Virgen de los Dolores del Paso Morado, cofradía que se encarga de conservar esta tradición a través de los años desde que se rezara el primero en el año 1600 y que lucha por transmitir de forma oral la peculiar forma del rezo de las catorce estaciones.
Los orígenes
Fue Fray Alonso de Vargas quien estableció esta práctica en la ciudad y fijó el trazado de las capillas inspirándose en la medida de la Vía Dolorosa de Jerusalén que había hecho que Adiacomio, quien midió desde el principio al final un total de 1.321 pasos, aproximadamente unos 997 metros, entre el Pretorio y el Gólgota.
Primero se pusieron cruces para señalar las estaciones, pero en el siglo XVIII se construyeron capillas, de las cuáles se conservan ocho destacando la consagrada a la advocación del Cristo de la Misericordia, ya en el bellísimo Monte Calvario declarado Bien de Interés Cultural.